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La Santa Cruz como Modelo Matemático Universal
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Nº Asiento Registral 16/2013/8695
 
 
 
 

El Lábaro de los Últimos Tiempos
 


Una invitación al ejercicio profético
 

Charlas y Conferencias
 

Entrevistas
 

Nuestra labor misionera
 

Tu oración y lo que puedas aportar
 

Referencias (colaboradores)
 

Acerca de esta pobre pluma, que tiene la gracia inmerecida de poder escribir aquí
 


S.O.S Hermano Protestante
Llamada a todos los Hermanos lejanos

 


Carta de presentación a las diócesis

 

PUREZA Y CASTIDAD

La ventana al conocimiento
 

Retrospectiva Antropológica en Clave para la Nueva Evangelización

 

Juntos en el Nombre de Jesús

 


Familia de los Sencillos

«Creyeron en Dios, y proclamaron ayuno y se vistieron de sayal desde el mayor hasta el menor de ellos» (Jon. 3,5).

 


Exhortación a la Unidad

Por el Triunfo del Inmaculado
Corazón de María

 

De nuevo otro David contra otro Goliath

Autoridades del orden que abusan de sus
poderes y subestiman nuestra dignidad

 

 

 

Documento conciliar
entre la
Ciencia y la Religión

 

LA VERDADERA Y GENUINA VOCACIÓN
AL AUXILIO Y CONSUELO HUMANO

Encomendamos esta intención a la Stma. Virgen del Rocío, junto con San
Francisco de Javier, ambos Patrones de la Web homenaje a la Santa Cruz.


 

 

Por esta sencilla razón, se deduce que cuanta más indiferencia muestran algunas personas ante el sufrimiento ajeno, poca humildad pueden hospedar en sí. Cuando llegamos a aceptar nuestro sufrimiento y aprendemos a ser capaces de ofrecerlo, quedamos suspensos en un estado de concentración, que en primer lugar nos capacitará o nos ayudará a ser más agudos en la comprensión, dando lugar a una apertura mayor de nuestra consciencia a la realidad. Esto va  a suponer una proximidad mucho más coherente o más ceñida al conocimiento que iremos adquiriendo, para ganar así una mayor soltura en nuestra experiencia de vida, pudiendo a su vez conocer mejor nuestros propios límites o capacidades, que sólo podremos llegar a  desarrollar en la medida que aprendamos a donarnos a los demás. El sufrimiento es una imperfección o distorsión en el conocimiento humano, que en contra de esta primera impresión aparentemente perjudicial, en primer lugar, puede ayudar al hombre a ponerse en camino, para poder perfeccionar este conocimiento. Este momento concreto es cuándo se dice que una persona se ha emprendido en la búsqueda de la verdad, que en un principio también va a suponer un estímulo o una motivación para nuestra vida interior. Para muchos hombres el sufrimiento es algo repelente que se debe de evitar, lo que les va a suponer una resistencia para la comprensión de la vida, aunque cuándo se acepta y se ofrece, nos aporta otros muchos beneficios inmateriales, como por ejemplo, tener mayor empatía, que como sabemos, es saber ponernos en el lugar de nuestros semejantes. Además, el sufrimiento nos puede ayudar también a ser personas mucho más sensibles, que no es sinónimo de debilidad, pues en verdad esta sensibilidad nos hace ser un poco más humanos. Nos ayuda a templar la virtud de la paciencia, que es una virtud que permite «sacarle brillo» al resto de las virtudes que vamos cultivando. Aunque en un principio nos pudiese coger un poco en frío, podríamos llegar a afirmar que, cuando el sufrimiento es aceptado y ofrecido, vendría a ser como una forma indirecta o inconsciente de «bendecir nuestros padecimientos, dolores, enfermedades, adversidades de la vida, etc.». De este aparente mal para muchos, recibimos diferentes dones, como los que acabamos de citar, que podemos llegar a resumir en la humildad, el conocimiento, la empatía, la paciencia y la sensibilidad. Observamos que el sufrimiento en un principio, es un mal aparente que dependiendo de nuestra actitud, lo podremos experimentar con estos «complementos de serie», que actuarán en este caso a modo de «factores de corrección». Estos frutos que nacen del sufrimiento aceptado y ofrecido, serán el alimento para el desarrollo de nuestra madurez, tanto de forma psíquica como espiritual. La madurez no sólo supone una necesidad vital para desenvolverse en la vida, sino que es un bien personal que pone de manifiesto la integridad de la persona, ya que va a ser este bien el que nos va a permitir poder vivir con alegría, aún en medio de los padecimientos y vicisitudes de la vida. Gracias a ésta serenidad en medio de nuestras tormentas, sabremos salir con menor dificultad de aquellas situaciones, que por norma general, para otros resultan ser muy difíciles, sino «imposibles». La persona inmadura, en medio de su tormenta se va a refugiar bajo sus carencias, miedos, inseguridades, debilidades, desordenes, limitaciones, deseos perniciosos y un sinfín de pobrezas interiores. Mientras que la persona madura, con todos sus sentidos abiertos a la vida, así como sus dones y virtudes, siempre estará dispuesto a aprender a bailar bajo la lluvia, porque es consciente de que el espíritu de lucha y de superación ayuda al hombre a crecer, permitiendo de esta manera la posibilidad de poder seguir avanzando en su madurez.

 

«Papi, desde este momento voy a tratar de no hacer resistencia para tomarme
cada día esa medicina amarga, porque ahora sé que con ella me estoy curando»

 

 

 

 

Preámbulo

Documento Conciliar entre la Ciencia y la Religión
La verdadera y genuina vocación al auxilio y consuelo humano.

Mi metanoia
Pensamientos y reflexiones personales.

Derechos digitales de autor
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Preámbulo

 

Si tuviésemos la necesidad de contratar a un equipo de expertos para estudiar una montaña, porque en ella sabemos que podemos encontrar un beneficio muy grande para la humanidad, quizá lo primero que se nos ocurriría, sería buscar la pericia de un equipo de geólogos. Pero si de veras supiésemos lo importante que viene a ser este gran beneficio para la humanidad, podríamos incluso llegar a contratar además a un equipo de alpinistas. Para mayor seguridad y aunque parezca en un principio algo absurdo o disparatado, podríamos precisar incluso de la ayuda de la inspiración de una multitud de poetas, que en esta ocasión se han ofrecido de forma voluntaria, para enseñarnos la belleza que esconde este accidente geográfico, por medio de la capacidad de trascendencia y de abstracción, que es en este último caso, separar por medio de una operación intelectual y espiritual las cualidades de un objeto, para considerarlas aisladamente o para considerar el mismo objeto en su pura esencia o noción. Esta última vía, por lo común el hombre no la sabe apreciar, la ignora o le supone algo  indiferente. Aún así, de esta manera, al recopilar  todos los datos, podríamos tener una perspectiva mucho más amplia, así como un conocimiento aún mayor de la montaña, para poder extraer por medio de estas tres fuentes vocacionales lo que nos hemos propuesto, aportando en definitiva de esta manera un gran beneficio para toda la humanidad. La primera riqueza que podríamos extraer sería la de poder tomar mayor consciencia ̶ especialmente en estos momentos– sobre la necesidad de una «renovación de la mente y del espíritu, para vestirnos de la nueva condición humana» (Ef. 4, 23-24). Esta renovación es un fenómeno de conversión integral que llegan a alcanzar muchas personas que en un principio viven en clave de búsqueda, que es un fenómeno que conocemos también como metanoia, que vendría a ser como la fase dónde «rompemos nuestra tupida seda para convertirnos en crisálida». Esta renovación implicaría aceptar en un principio que, tanto el geólogo, como el alpinista así como el poeta, son necesarios para comprender la amplitud del espectro de la realidad de nuestra existencia, con miras de esperanza para poner fin a estas fracturas o divisiones que se dan en el conocimiento y que no favorecen en absoluto al bien de la humanidad, por lo que tampoco favorecen al bien personal. Cada división o parcela con mayor o menor intensidad busca, posee y defiende «su propia verdad», pues de esta manera no se precisa compartir  méritos y honores. Todo esto a grosso modo, viene a ser el origen de un gran desorden, que cierra un ciclo de degradación entre las autoridades y una gran parte de la sociedad, que va suponer el origen de una creciente opresión, que termina debilitando nuestra condición humana, quedando así el hombre más vulnerable a los intereses de los poderosos, al poder de atracción de las cosas materiales y de muchos placeres bastante perniciosos, que se presentan hoy sobre todo a los jóvenes como pasatiempos saludables. Con asombro podemos observar este «arte» humano que podemos atribuir a nuestra necedad, al tratar de disimular estos males que los hombres defienden en el nombre de la «libertad», siendo precisamente este nocivo eufemismo el principio fundamental por el que otras civilizaciones sucumbieron en la historia. De estos males que hemos planteado a grosso modo, recogemos como cosecha propia de la sociedad actual, la pornografía, el consumo de drogas, etc. Esta explotación de nosotros mismos con principios, medios y fines intrínsecamente destructivos, van deformando nuestra mente y denigran la dignidad humana. ¿Es esto lo que nos hace libres o son más bien estas causas el origen generalizado de nuestro gran desorden, opresión y debilidad? Ciertamente se puede decir, que la única manera de aplacar esta caída casi inminente de nuestra civilización, sería invertir nuestro tiempo, para formar o concienciar en primer lugar, por medio de estos campos del saber, sobre la necesidad de motivar a la sociedad, para que pudiésemos adquirir un grado de madurez aceptable. Esto sólo sería posible si la Ciencia y la Religión llegase a tener consciencia real de que nuestra sociedad no se encuentra propiamente en una «crisis», que sería en todo caso  ̶ como se suele decir– un mal menor, pues más bien vivimos en la base de una ruina permanente.

Con facilidad hemos podido llegar a apreciar que la figura del geólogo, la del alpinista, así como la del poeta, vienen a representar diferentes campos del conocimiento, que son en este caso respectivamente los campos de la ciencia, la filosofía y la religión. Como hemos resumido brevemente, cuándo estas disciplinas se hacen autónomas e independientes, se empobrecen en gran medida, aunque en definitiva, nos empobrecemos todos. De lo contrario, si llegásemos a concienciarnos del beneficio que supondría para la humanidad el hecho de que hubiese una motivación, para que estas ramas del saber se comunicasen, se entendiesen, intercambiasen sus conocimientos y los pudiesen contrastar, podría resultar un gran bien para la humanidad. Es indiferente que podamos tener muchos «conocimientos», ya que no nos servirán de nada si no aprendemos a compilarlos, es decir, que podamos tener capacidad para darles un sentido y significado ceñido a la realidad, con el fin de comprender así la verdadera utilidad o el fin de lo que no terminamos de comprender en común de forma plena, como por ejemplo, el sufrimiento, el mal, etc. En este documento conciliar, trataremos de compilar en lo posible algunos conocimientos fundamentales.

Ciertamente por la parte que me corresponde, he tenido la gracia inmerecida de poder estudiar esta maravillosa alternativa que brinda la vía interdisciplinar entre la ciencia, la filosofía y la religión, pues a pesar de estar convencido desde hace tiempo de su plena compatibilidad, ahora lo estoy muchísimo más, tras haber invertido personalmente casi 8 años en un estudio de investigación, que tiene por título «La Santa Cruz como Modelo Matemático Universal» (+). Este estudio demuestra por medio de una sencilla aritmética que, la geometría de la Santa Cruz, está impresa en caracteres matemáticos en toda la creación, teniendo también la oportunidad de poder estudiar muchos aspectos de interés general, pero tomando como herramientas estas tres disciplinas, que en verdad vienen a ser como diferentes vasos comunicantes dentro del saber. Este patrón matemático se encuentra también en el cuerpo humano, concretamente en nuestro genoma, en el ritmo vital de nuestro corazón e incluso en la actividad eléctrica cerebral, sirviéndonos de medios tecnológicos, como ha sido en este caso con la ayuda del electroencefalógrafo (EEG), para después proceder al estudio y análisis correspondiente, con la ayuda de la hoja de cálculo.

Respecto a este fenómeno natural prácticamente desconocido hasta la fecha, impreso de forma indeleble en caracteres matemáticos en la Naturaleza y en todo el Universo, para mí ahora lo más importante es que una vez sumergido en esta actividad, por medio del estudio y la contemplación del medio, pueda aportar mi testimonio. Al respecto puedo decir que, he tenido la ocasión de conocer multitud de ambientes digitales y he participado de forma activa o pasiva en algunos eventos como oyente, ponente o comunicante, con personas muy cualificadas que abordan especialmente esta aparente controversia entre la Ciencia y la Religión. Con todo esto quiero decir que, hasta el momento encontramos y podremos seguir encontrando con frecuencia este tipo de foros, pero hasta ahora ninguna persona o institución desgraciadamente, ha tenido el impulso o los motivos necesarios para proponer un documento conciliar como el que se presenta a continuación, entre la Ciencia y la Religión. Unidas estas ramas del conocimiento, vendrían a ser como la chispa de una bujía, pero la chispa que pondría en marcha el motor social. Esto quizá para alguna corriente de pensamiento, podría ser como juntar el nitrógeno con la glicerina, pues aunque no podamos llegar a definirlo propiamente de esta manera, no debemos de olvidar tampoco que este explosivo en buenas manos, también puede hacer mucho bien, porque en este caso facilita labores humanas, por tanto, hace más económico el producto final, terminando por beneficiar directamente al consumidor, que en este caso somos también las personas.

Este documento que se presenta a continuación, podría dilatarse más, pero creo que debido a las circunstancias presentes en la que nos encontramos, es un momento más oportuno para procurar lo posible por llegar a concretar, aclarar y compendiar una serie de argumentos, que sobre todo nos muestren lo paralelas que son estas disciplinas cuándo están orientadas a la verdad y no a unos intereses particulares. Sin ánimo de filosofar o de hacer teología, la Verdad sencillamente es la Vida «Veritas et Vita». Una brújula está capacitada para orientarse a la verdad, pero no la puede poseer o ¿Es que acaso tiene dentro al planeta Tierra? El hombre puede ser semejante a una humilde y sencilla brújula, pues puede tener capacidad para saber la verdad, pero no la puede llegar a poseer. La brújula es poseída en este caso por los campos magnéticos terrestres y nosotros por la Vida, que es la Verdad, que sería la única en todo caso que podría poseernos a nosotros, pero nunca jamás nosotros a ella. Entre medias de estas dos vertientes u otras posibles, deberíamos de encontrarnos las personas, y esto es en definitiva lo que nos debe de preocupar.      .                          .                                     .             

[Ciencia – Intereses – Religión]             = Ruina / Decadencia.
[Ciencia + Vida/Personas + Religión]   = Madurez / Progreso.

 El presente documento no viene a caracterizarse por ser un documento que exponga un diálogo o un argumento que pueda ser más o menos constructivo, que podría serlo, sino que más bien se caracteriza por proponer un razonamiento accesible a cualquier persona, para que podamos volver especialmente a recuperar el valor del sacrificio. Sin sacrificio el científico no avanza en sus estudios, ni el filósofo en el saber humano y el sacerdote, entre otras muchas labores más dentro de su actividad pastoral, no podrá agradar a Dios, para que estos últimos también puedan ser iluminados o agraciados en sus vocaciones, con el fin de poder recibir la verdadera ayuda que precisa la humanidad, con independencia a que sean o no creyentes. El sacrificio es una de las mayores causas de prosperidad, en primer lugar, porque nos ayuda a madurar como personas, para tener mayor conocimiento de lo que somos, además de poder comprender mejor que todos valemos precisamente el «precio» o valor de un Sacrificio, que es mucho más importante que el valor de lo que podamos llegar a poseer, aunque desgraciadamente, hemos terminado dándole prácticamente un fin casi exclusivo al servicio de nuestros intereses. Cuándo nuestro sacrificio está impregnado de intereses personales, queda completamente estéril. Pero cuándo se comprende el sacrificio y sabemos aceptarlo, nos ayuda a ordenarnos al bien, nos libera interiormente y lo mejor de todo será que, nos aportará una gran fortaleza, que se traduciría en primera instancia en poder gozar de una gran seguridad en nosotros mismos, siendo esta la verdadera madurez que el hombre urgentemente necesita. Esto que queda muy resumido aquí, es una forma de evitar males estériles o gratuitos, o lo que conocemos como enfermedades mentales, que es en definitiva una pérdida de orientación general en medio de la vida, que propicia la imposibilidad de encontrarse consigo mismo, para que podamos llegar a dar un sentido y significado a todo lo que nos rodea, que en este caso van a ser factores clave que de muchas maneras impedirán nuestra madurez.

Abordaremos temas y aspectos relacionados con la ciencia y la fe, pero tratando de ajustarnos o centrarnos en nuestro objetivo, concretándose esta amistad por mediación de la psicología humana, que como sabemos colinda muy de frente con la psiquiatría, para que en esta ocasión, podamos hacerlas caminar juntas de la mano de la espiritualidad cristiana. Como es evidente, nos debemos de centrar especialmente en el contexto actual, teniendo en cuenta a la Iglesia Católica, pero más concretamente a la jerarquía eclesial, con la esperanza puesta en que estos argumentos, puedan ser de su agrado y accedan a darnos las muestras de ejemplaridad que todos necesitamos, si es que este propósito conciliar llegase a ser de su beneplácito. Entre ambas vertientes se encuentra como ya hemos adelantado el hombre, cada vez más perdido y necesitado de la ayuda de otras personas. La clave para poder conciliar estas dos ciencias, no sería solamente poder tratar de argumentar desde la razón, sino tratar de motivar a todos a un compromiso que va más allá de un gran beneficio social, que sería fomentar la unidad entre los hombres, con el fin de que podamos hacernos más hombres.

Se plantearán opciones abiertas o mejorables, que en un principio expondrán diferentes causas junto con sus justificaciones, para que podamos ofrecer ayuda a todo necesitado, con absoluta gratuidad, en primer lugar opcionalmente para los profesionales médicos, ampliándose este planteamiento inclusive a los sacerdotes que forman parte de la Iglesia Católica. Recemos y tengamos la esperanza evangélica para que en este caso los sacerdotes puedan ser ejemplos de pastores, según la Voluntad de Cristo en las Escrituras y puedan aceptar este sacrificio tan necesario para la humanidad en estos momentos. Trataremos de exponer también cómo podría ser esta cosecha espiritual, en el caso de que los sacerdotes diesen  ejemplo de donación gratuita ante nuestra necesidad extrema actual. Plantearemos incluso el beneficio que supondría la expiación de otros «sacerdotes», por la posibilidad de no estar conformes con las palabras de Cristo al respecto, que han sido muy necesarias para inspirar todo este documento. Estas palabras van a suponer los fundamentos que ayuden a asentar las bases, para que la Ciencia y la Religión terminen en un abrazo, con el fin o la esperanza de que puedan poner los medios necesarios y de esta manera aporten medidas sociales en un mano a mano. De antemano podemos decir con seguridad que, el simple hecho de trabajar por la unidad entre la Ciencia y la Religión, sería algo que revolucionaría nuestro conocimiento y mentalidad, ya que hasta el momento en la mayoría de las sociedades, desgraciadamente el hombre inconscientemente permanece en un claustro. De esta manera podríamos romper muchas de nuestras barreras, que nos frustran y confunden, patrones fijos que nos empobrecen y muchas limitaciones que no nos permiten descubrir nuestra verdadera personalidad. En definitiva podríamos decir que, en la medida que trabajemos en esta intención conciliar, podremos ir mediando a su vez para procurar una apertura de nuestros sentidos hacia la transcendencia. De esta manera rompemos ese sólido materialismo que el hombre sin horizonte termina aceptando como un fin, en vez de un medio para que podamos alcanzar objetivos, cuándo no terminamos de ser conscientes de que con nuestros sistemas métricos, ante una realidad aparentemente inmensurable, sólo llegaremos a tomar esas medidas con nuestra humildad, en primer lugar para nuestros defectos y carencias, así como más tarde también para nuestras virtudes. 

Quisiera resaltar cinco aspectos clave que podrían resumir el conjunto de estos argumentos que desarrollaremos a continuación: «CONOCIMIENTO-AMOR», «VERDAD-HUMILDAD», «PALABRA-UNIDAD», «GRATUIDAD-MEDICINA», «PRUDENCIA-SENCILLEZ».

 

 

 

 

 

 

«La casualidad es el nombre que
le damos a nuestra ignorancia»

Cita de Jules Henri Poincaré (1854-1912), prestigioso polímata: matemático, físico,  científico teórico y filósofo de la ciencia.

«Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada».

Cita de San Pablo en la primera Carta a los Corintios, capítulo 13, versículo 2. Apóstol  Ad Gentes e instrumento que Dios inspiró para ser puente (+) entre la antigua tradición del pueblo hebreo y los gentiles, es decir, para aquellos que no eran ni judíos ni cristianos.   

 

 

 

Documento Conciliar entre la Ciencia y la Religión

La verdadera y genuina vocación al auxilio y consuelo humano


De todo el elenco existente de vocaciones que el ser humano desempeña en su vida, con el fin de realizarse y madurar en primer lugar como persona y profesionalmente, podemos decir que entre todas ellas, se pueden establecer sus diferencias en dos grupos muy distinguidos. El primer grupo vendría a suponer la suma de esta realización, junto con el crecimiento personal, que serían los principios y los medios necesarios, para poder obtener una justa remuneración por los servicios que podamos prestar. El último grupo es muy semejante al primero, pero con la diferencia de que no seríamos recompensados económicamente por nuestros servicios, sino que más bien vendríamos a ser remunerados de una forma inmaterial, mucho más sustancial para nosotros. Este segundo grupo viene a ser el grupo del servicio desinteresado y transparente, necesario para poder ayudar y consolar genuinamente a nuestros semejantes.

Todo debe de comenzar por unos buenos principios, ya que de lo contrario la edificación sin unos buenos fundamentos, caerán tarde o temprano por su propio peso. En primer lugar, debemos de establecer las bases de lo que podríamos denominar como una «ley de humildad». Esto vendría a ser vital para poder iniciar y mantener una buena salud mental y espiritual, debiendo dejarnos dar forma por aquello que precisamente más desprecia el mundo, como vendría a ser el dolor, la enfermedad, las dificultades, el sufrimiento, etc. Lo que queremos decir es que, debemos de aprender a dejar de huir de esta cruz, pues esto será lo que en un principio nos ayudará a poder ser un poco más humildes, para saber discernir mejor nuestro interior y así comprender la vida tal cual es. Es importante dejarnos siempre ayudar y no caer en la tentación de que seamos arrastrados por nuestros pensamientos autosuficientes, pues en realidad todos necesitamos de todos. Cierto es que con esto no sería suficiente, ya que para cerrar este ciclo, debemos de tratar de ayudar también a los demás, aunque lo ideal sería sentir necesidad por querer ayudar. Esta ley de humildad, por sí misma, nunca será plenamente efectiva, si no se acompaña de la oración y de los Sacramentos que la Santa Iglesia nos administra. Debemos de saber en todo momento que, no será propiamente esta ley la que nos va a reparar o restaurar, sino que más bien por esta disposición personal, será la misma asistencia Divina quien lo disponga todo. En verdad, podemos decir que, esto que hemos denominado como «ley de humildad», será la base que fundamente los principios de una amistad.                                                                           .          
Ahora es cuándo podemos comprender que este segundo grupo vocacional, no debe de interferir ningún tipo de interés y mucho menos el económico, pues es vital para el necesitado poder llegar a sentir la gratuidad del servicio que pueda recibir. Cualquier tipo de interés que exista entre el que ejerce esta vocación de ayuda y la persona necesitada, actuará de la misma forma que cuándo interfiere un ruido, mientras escuchamos un punto del dial de la radio. Es por ello que los intereses van a dificultar la comunicación, por tanto, dificultará la comprensión en este feedback que debe de fluir entre el emisor y el receptor. Este principio genuino que se presenta aquí, con el fin de poder ayudar a otras personas con mayor eficacia y en primera instancia, por el simple poder de la palabra, nos ha sido dado a conocer en el mejor libro de psicología y psiquiatría de todos los tiempos. Ciertamente es en el mismo Evangelio dónde Jesucristo asienta las bases del ejercicio pastoral, cuándo dice de sí mismo que, «Yo soy el Buen Pastor; el buen pastor su vida da por las ovejas. Mas el asalariado, y que no es el pastor, de quien no son propias las ovejas, ve venir al lobo y deja las ovejas y huye, y el lobo arrebata las ovejas y las dispersa. Así que el asalariado huye, porque es asalariado, y no le importan las ovejas» (Jn. 10, 11-13). Estas bases o fundamentos, son en esencia la vocación genuina de la vida pastoral, aunque como sabemos desgraciadamente esta vocación se ha ido diluyendo por la acción del mundo y del tiempo, que  también podríamos definir como una «erosión secular». Sin duda, esta va a ser la prueba más segura y fiable que nos podrá ayudar a discernir, dónde está el trigo y dónde debe de quedar la paja.

Creo que por mi parte, sería un hombre de poca justicia si plantease esta crítica únicamente a la práctica de la medicina que se ejerce en nuestros días, de la cual se supone que se intercambia un auxilio o consuelo a una persona necesitada, por unos intereses económicos directos o indirectos para ir forjándose además, una reputación y prestigio profesional a base de éxitos o trofeos. Por ello, como podemos deducir de estos planteamientos e incluso basados en la misma Escritura, por la misma palabra de Cristo, se precisa con extrema necesidad que la misma jerarquía eclesial pudiese dar ejemplo en este aspecto y renunciar a cualquier beneficio o interés económico, por el ejercicio de su vocación pastoral. La prueba es evidente y salta a la vista ya que sólo tendríamos que observar el talante administrativo que ha ido adquiriendo en el tiempo la jerarquía eclesial, dando como resultado a muchos asalariados, que en un principio, por las propias palabras de Cristo dejan de ser pastores, para pasar a ser unos simples funcionarios. Con estos argumentos no tengo la intención de transmitir que no tenemos algunos pastores ejemplares, a pesar de esta gran desgracia, ni tampoco que todos los profesionales de la medicina estén cortados por este mismo patrón, pero sin duda ejercerían su vocación con mayor eficacia, si abogasen por cumplir estos principios fundamentales.

¿Qué el presente planteamiento parece a priori un disparate? Pues hasta podría afirmarlo también personalmente, si no hubiésemos mancillado el amor con un interés camuflado, que parece hasta el momento estar justificado, porque «debemos de ganarnos el pan de alguna manera». Este principio es completamente análogo o comparable al principio que se da entre las parejas, pues sabemos que la fecundidad de una amistad dependerá directamente de la limpieza de sus relaciones, es decir, de su amor, más que de sus intereses, pues cuándo se desprecian o se ignoran los valores de las virtudes de la pureza y la castidad, la relación termina siendo más bien un problema en cadena o un castigo pesado. Podríamos decir en cuestión que, hemos llegado a diluir el agua con el aceite a temperatura ambiente, aunque físicamente esto sabemos que no es posible, ya que en este caso no habría disolución, que vendría a representar en esta ocasión la confusión que nos conduce a este error generalizado. Si consiguiésemos que esta disolución la observásemos en un principio como mezcla a esta temperatura, podríamos llegar a tener más claro dónde y cómo deben de quedar estos dos elementos. Por tanto, si estudiásemos con más claridad este fenómeno físico, podríamos ordenar, priorizar y así comprender mejor sus principios, motivos y/o leyes, que es lo que estamos tratando de precisar aquí, pero desde la misma perspectiva que nos marca el título de este documento, para poder ayudar mejor al necesitado. Con todo lo presente quiero decir que, la vocación de auxilio y consuelo es más propia del sacerdote, que como sabemos no se reduce a la persona ordenada por la Iglesia tras una formación reglada, sino que está al alcance de todos los que somos bautizados. Una de las primeras causas de esta situación confusa y decadente, ha sido que nosotros, especialmente los laicos, hemos llegado a creer que sólo pueden y deben de ayudar a los necesitados, únicamente los «profesionales» y/o «capacitados». Pero en realidad esto ha sido en gran parte por nuestra ignorancia y/o comodidad, que no dejan de ser fieles indicadores de nuestra poca fe, que desgraciadamente sigue yendo en declive. Por ello se hace indispensable recordar aquel sabio principio que muchos cristianos ignoran o quizá ya han olvidado, pues «Dios no elige a los capacitados, sino que capacita a los elegidos».

Es evidente que las universidades se hayan llenado de personas que quieran ser psicólogos, psiquiatras o en el último de los casos de sacerdotes, pero ¿Ingresan por verdadera vocación a la ayuda o esto responde más bien a un estímulo de interés particular bastante ajeno al objeto que nos ocupa? Esta necesidad básica humana, ha terminado por concebirse lamentablemente como un campo de explotación económico semejante a los demás, por el alto número de personas necesitadas en nuestras actuales circunstancias. Con esta aclaración me atrevo a exponer su síntesis, para que podamos comprender aún mejor. El que quiere ayudar a otra persona, simplemente debe de tener el perfil vocacional lo más cercano a un voluntario, que sin duda sabe mejor que muchos profesionales y sacerdotes, que su retribución es muchísimo más valiosa que la que pueda llegar a recibir en metálico. Cuándo ofrecemos nuestro servicio en otro sentido totalmente diferente, que no se oponga al amor y a la transparencia de cada persona, podremos comprobar que va a ser en este servicio desinteresado, el mismo que va a poder sanar o aliviar con mejores resultados al necesitado, sin tener necesidad de plantearse patrones de curación. En contra de este argumento, por desgracia encontramos y encontraremos de una forma especial a muchos profesionales, que pensaron en su oficio como un trabajo cómodo, bien remunerado, asegurado en el tiempo y con un convenio colectivo muy atractivo para muchos. Lástima que lo que ellos comprenden como rutina, tarde o temprano un gran número de estas personas terminen cayendo en su propio error. Este peso frustrante, también va a suponer para el paciente una merma de forma directa o indirecta, mientras no sean conscientes de que la rutina no es propiamente originada por el factor tiempo, sino por el «factor» amor. Cuándo a las vocaciones se les extingue el amor, terminan siendo un gran castigo, un gran pesar, una causa de amargura para nuestra vida, pudiéndose recordar después aquel refrán que dice «médico, cúrate a ti mismo».

¿Que el profesional médico o el sacerdote están formados y muy bien preparados intelectualmente para ayudar? Pues estupendo, en esta vocación al auxilio y consuelo no podemos hacer parcelas o divisiones, pero si hay que decir que en la mayoría de las ocasiones, en el ejercicio de estas vocaciones, sus conocimientos previos más que una herramienta de ayuda, resultarán ser más bien un obstáculo para su ejercicio. Debemos reconocer que un paciente, por norma general, termina aceptando a su terapeuta como un «amigo», porque muchas de estas personas han perdido su capacidad para poder relacionarse. Ciertamente, aunque no son plenamente conscientes de esta realidad, esta va a ser parte de la medicina para ellos, es decir, el haber conocido un «amigo» que le ha sido de referencia. Pero cuando una persona necesitada conoce a un corazón generoso, que se entrega a cambio de nada, con independencia a la cultura o los conocimientos que pueda llegar a tener, esta persona comprende que la verdadera medicina está en la propia persona y la termina reconociendo como un referente para su vida, porque de forma consciente o inconsciente ve en ella un pleno desprendimiento y una comprensión de la vida que invita a fijarse más en estas personas, que son precisamente los referentes que más necesitamos en nuestra sociedad. Si decir que para todos los profesionales de la medicina y en general, para todos los hombres de ciencia, debemos hacer memoria de aquellas palabras de San Pablo, cuando decía que «nadie se engañe a sí mismo. Si alguno de vosotros se cree sabio según este mundo, hágase necio a fin de llegar a ser sabio» (1 Co. 3, 18). Es por ello que la virtud de la humildad, nos ayudará a tirar los tabiques y divisiones interiores de nuestra casa, para que de esta manera podamos quedarnos en diáfano, permitiendo así que por medio de las necesidades humanas, el Arquitecto pueda volver a construirnos una morada nueva.

Después de esta introducción que hemos hecho con esperanza de que mis pobres y torpes palabras puedan ser un anticipo en esta ayuda y consuelo que necesitamos todos, debo de decir o mejor dejar claro que, no pretendo con estos argumentos tratar de convencer a nadie para quitar ninguna remuneración, aunque si es mi deber hacer cumplir o resaltar lo que dice Cristo en las Escrituras al respecto, siendo éste un detalle demasiado importante, como para que siga pasando desapercibido mucho tiempo más. «De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielo». (Mt. 5, 19). En mis estudios recibidos orientados a la electricidad/ electrónica, siempre nos enseñaban primeramente cuál era el ideal de circuito eléctrico, simplemente para poder comprender mejor lo que sería el circuito real y creo que en este aspecto, en esta necesidad humana, son las bases que nos han faltado. En este aspecto la Iglesia Católica, debería ser tan ejemplar o más, que incluso el mismo servicio que pueda ofrecer una organización dedicada al voluntariado.  Comprendemos que, si un voluntario es compensado de alguna manera por sus servicios, dejaría de inmediato igualmente de ser voluntario, para terminar siendo un trabajador o un profesional más. Si decir que, si mis torpes palabras convencen a algunas personas, quizá lo propio sería renunciar voluntariamente, para poner fin a este sistema mal concebido desde su propia base, para que podamos comenzar de nuevo y tomemos de esta manera el camino correcto, tal como nos lo trata de decir este último versículo de San Pablo, que hace referencia a la humildad o sabiduría, que para el caso viene a ser lo mismo. Ciertamente uno comenzaría a ser más sabio si humildemente reconociese su error, que no sólo supondría en primer lugar un bien directo, sino que la gran parte afectada del primer grupo vocacional que diferenciamos en un principio, podrían salir con mayor facilidad de sus bloqueos, problemas o circunstancias adversas. Conseguiríamos así reactivar de esta manera en primera instancia parte de la sociedad, pero sobre todo dando a su vez de esta forma un ejemplo global. Esto pondría fin a este grave error humano que hemos ido gestando en el suceder del tiempo y en la historia, para proponernos de esta manera dar de lado definitivamente y de forma unánime, a todo este individualismo generalizado que sigue incubándose en nuestra sociedad. Estos intereses, en esencia son los motores de nuestra división en todos los aspectos humanos, y son precisamente el caldo de cultivo de grandes dolores y sufrimientos excesivos perfectamente evitables, ya que el «mal» que Dios permite en verdad, viene a ser como un riachuelo, dónde el caudal lo vamos haciendo nosotros solos.

Como digo, no es necesario obligar a nadie, porque la libertad personal de cada uno, vendría a ser un condicionante vital para poder llevar a término esta urgente transición. Sólo podría asegurar personalmente que, a lo que respecta a la jerarquía eclesial, en la posibilidad de llegarse a plantear un supuesto caso hipotético que, de alguna manera, por amor a Cristo y a su Iglesia se les propusiese formalmente renunciar a su remuneración, estableciendo un sistema más acorde a estos principios fijados por Cristo, nos encontraríamos ante una situación semejante que vendría a hacer referencia a una anécdota muy memorable, ocurrida en los años de reinado del Rey Salomón. Ante la situación de no saber apreciar si un sacerdote es por verdadera vocación, si la ha ido perdiendo, dando lugar a la tibieza o quizá nunca la tuvo, pero que aún ejerce su sacerdocio, podríamos comprender mejor este planteamiento con carácter resolutivo, en contraste con este relato del primer Libro de los Reyes (3, 16-28), dónde la sentencia del Rey Salomón, para nuestro asombro, en aquel instante, vamos a procurar ahora hacerla trascender a nuestro contexto actual. Sabemos que su sentencia en un juicio fue tomar la espada, para querer cortar en dos a una criatura que se disputaban dos madres, cuándo ambas reclamaban a este mismo hijo. Pero fue la madre verdadera la que al oír la «dura sentencia» del Rey, se echó a llorar amargamente, pues abriéndose sus entrañas ante este aparente gran disparate de Salomón, nos hizo comprender su amor, por medio de este gran sacrificio, que pone de manifiesto su gran corazón o espíritu sacerdotal, que sin duda sería una prefiguración al corazón o espíritu sacerdotal de la Madre de Jesús, la Virgen María a los pies de la Cruz. En este caso concreto que se relata en el primer Libro de Reyes, la madre suplicó al Rey donar su propia criatura a la otra mujer que no tuvo gesto parecido a ésta, con el fin de no herir, matar o perder a aquella criatura, que era su verdadero hijo. Cierto es que no serían pocos hombres ordenados por la Santa Iglesia los que tomarían su maleta para marchar a otro pueblo, pero en definitiva haciéndose primero a ellos mismos el mayor favor, para que puedan discernir mejor, pero desde la distancia, que tanto ayuda en estas circunstancias, aunque como es evidente, sin cerrar las puertas de la Iglesia a nadie. Con este acto estaríamos ayudando a liberar a estos «sacerdotes» de la cadena de sus intereses, de sus sueldos, dónde muchos han puesto sus corazones, en esta seguridad o tentación del mundo, pues sumándose también factores relacionados con su edad e «imposibilidad de ganarse la vida de otra manera», se mantienen de esta manera atados a la Iglesia, lo que implica que dejen de ser luz, sal y levadura para este mundo. De esta forma, los fieles laicos y el resto del pueblo que formamos la Criatura, que sería en este caso la prefiguración de la Santa Iglesia que es el Cuerpo Místico de Cristo, podríamos llegar a gozar de pastores verdaderamente conformes a la voluntad de Cristo. «No lleven oro, plata o monedas en el cinturón. Nada de provisiones para el viaje, o vestidos de repuesto; no lleven bastón ni sandalias, porque el que trabaja se merece el alimento» (Mt. 10, 9-10). Por mi parte después de esta invocación a la luz que nos ha aportado en esta ocasión el Antiguo Testamento, no puedo evitar abstenerme a exponer otro «disparate» tan semejante a aquella sentencia sabia o aguda del Rey Salomón, pues tengo pleno convencimiento que de darse esta expiación de «sacerdotes», no sólo supondría un convencimiento general de que tenemos verdaderos sacerdotes, pues con seguridad muchas personas fuera de la Iglesia, se acercarían con gozo para retomar la amistad con Dios, por medio de su Santa Iglesia e incluso muchos para poder ser bautizados. Sabiendo además que hay muchas pobres personas que son incapaces de ser conscientes de que los cristianos no somos sus enemigos, sino que sus enemigos son más bien sus propias conciencias, es decir, que son ellos mismos, podemos decir al respeto que no deberíamos de ignorar bajo ningún concepto que esta expiación, liberaría gran parte de las presiones anticlericales que vivimos también en nuestra sociedad española. Al poner de manifiesto aquello de «liberar presiones», quisiera hacer comprender que esto sería como una «válvula de seguridad», que ayudaría a aliviar muchas de las tensiones actuales, dando lugar a un clima mayor de paz y concordia, mucho más propicio para poder seguir evangelizando, así como para que podamos seguir dando culto a nuestro Dios, sin miedos ni complejos.

Creo que no es necesario recordar que un sacerdote es aquel que ofrece sacrificios a Dios para el beneficio del hombre, y esto no se debe de limitar exclusivamente a la consagración de las especies eucarísticas, que es el Sacrificio Perfecto y agradable a Dios, sino además en cumplir a su vez el segundo Mandamiento de la Ley, que después del Sacrificio Perfecto, es el mayor de los sacrificios. Este sacrificio al que nos referimos, es aquel que viene a consumarse cuándo tratamos de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. Quizá sea este un momento muy oportuno para demostrar al mundo que en la Iglesia hay sacerdotes verdaderamente conformes a la Voluntad de Dios, que se sacrifican por los demás con un amor desinteresado. Además, como sabemos, Cristo hace insistencia en este aspecto, comunicándonos que «lo que recibisteis gratis, dadlo gratis» (Mt. 10, 8). Me gustaría invertir mucho más tiempo en poder justificar, que de cara a la vida espiritual, sin duda uno de los mayores venenos para el enemigo común de Dios y de los hombres, siempre ha sido y será la gratuidad o generosidad del ser humano hacia otros. Esta realidad debería de orientarnos sobre la urgencia de hacer todo tipo de donación posible, para beneficio del bien, más en estos tiempos que vivimos. Se sabe que la persona generosa da al hombre necesitado lo que le sobra, por tanto, para poder dar amor, también nos tiene que sobrar. Es así que en un ejercicio de humildad y sinceridad con uno mismo, debemos de saber que si no nos sobra amor, es porque precisamente tampoco lo tenemos, llegando a ser muchísimo más pobres que aquel que pueda necesitar un trozo de pan, que con gusto podría comerlo hasta duro, porque el pan duro se puede roer, sin embargo, el corazón duro en este caso, será aquel que nos va a roer a nosotros.

Otra cuestión importante sería volver a la esencia de la sencillez, buscando ejemplos o experiencias sencillas que pudiesen dar luz al interior de las personas, por la misma fuerza de la palabra, evitando in extremis la química, que viene a ser la que puede dar soluciones rápidas, por tanto económicas, que en un principio son parches que no dan soluciones plenamente efectivas, aunque también dependerá de cada caso particular. Esto debería de comprometernos a todos sin que suponga ningún tipo de carga, lo que conllevaría un mayor compromiso de disponibilidad por nuestra parte, siendo esta experiencia de donación la que nos podrá ayudar a centrarnos en los demás o en la vida, que para el caso viene a ser lo mismo. Esta será la medicina natural necesaria que nos permitirá relativizar en primer lugar nuestros propios problemas; problemas que serán necesarios para alcanzar nuestra plenitud. Estos problemas deben de comprenderse siempre como oportunidades, para que podamos dar gloria a Dios, pero evitando de esta manera su comprensión como un mal, siendo en esencia esta mentalidad la que nos impulsará en nuestra motivación, para poder seguir avanzando en el desarrollo de nuestra madurez psíquica y espiritual.

Hemos aborrecido la sencillez y la maestría que ha sentado la mayor cátedra de la historia, con las parábolas de Jesús para hacer, por ejemplo, de una parábola suya, un tratado con varios volúmenes. Y es que cuándo nos pronunciamos en los demás, es decir, cuando salimos de nosotros mismos, es mucho más sencillo poder contemplar y observar los detalles más importantes de la vida, sin necesidad de hacer o asimilar enciclopedias ni amplios tratados, tomando así el hábito o el gusto de hacerlo en primer lugar por el bien personal, que debe derivar después al bien social y/o global. De esta forma se cierra un lazo de realimentación, dónde ambas personas tienen mayor facilidad de reconocerse el uno al otro, que es lo que nos permite ver en los demás nuestra hermandad-unidad universal. Cuando llegamos a este punto, la virtud de la humildad nos ayudará a procesar lo importante, es aquella que en definitiva va a destilar de muchas maneras la sabiduría, por medio de las muchas situaciones personales y las que también vamos adquiriendo de los demás. Esta riqueza que vamos adquiriendo es, como ya he ido adelantando, la mejor moneda; una moneda que ciertamente ambas caras son cruz, aunque sin duda es la mejor moneda para el hombre, la que menos pesa, pero es en definitiva la que más valor tiene.

Debemos de tratar de vaciarnos de términos y conceptos estériles, porque lo importante está siempre presente delante de nosotros, aunque casi nunca lo sabemos valorar. Por ejemplo, teniendo en cuenta la importancia de las herramientas de la comunicación como podrían ser las analogías, los paralelismos, aforismos e incluso hasta de los cuentos magistrales e «interdisciplinares» de Cristo, que en el Evangelio conocemos también como parábolas. De esta manera podremos apreciar que de un árbol, por ejemplo, podríamos extraer un amplio y rico conocimiento de nosotros mismos. Ciertamente, no con la precisión que nos gustaría, pero si llegando a obtener una multitud de aproximaciones que podrían llegar a sernos de gran valor reflexivo. Estas herramientas de la comunicación que a continuación trataremos de servirnos de ellas, nos van a permitir junto con el lenguaje de los símbolos, una valiosa combinación que nos ayude a establecer unas bases de confederación, entre la psicología y la espiritualidad cristiana, por medio de la vía interdisciplinar.

Antes sería preciso que podamos dar una perspectiva general, para comprender mejor el desarrollo que haremos a continuación. Si partimos en primera instancia que la presencia de nuestro ser más profundo, es decir, nuestro espíritu, es imperceptible o de baja sensibilidad para nuestros sentidos externos, tal como si se tratasen de cinco transductores. Debemos de tener en cuenta que tan importante es mantener una buena limpieza en estos –lo que supondría gozar de una mayor sensibilidad de captación– así como también procurar un buen «proceso o tratado de información en esta comunicación bidireccional», entre el exterior y nuestro interior. De acuerdo a estas condiciones básicas e iniciales, podrán ser de mayor ayuda para aquellos que tienen dificultad en percibir o considerar la realidad del espíritu, que por lo común, tiende a quedar fácilmente eclipsado, sin luz, por nuestro cuerpo y mente.

Un árbol en definitiva a simple vista es un ser vivo, en parte más sencillo que nosotros, pero si somos capaces de conocer sus principios básicos y proyectarnos en él, podríamos crear una base fundamental, casi «tridimensional», para poder llegar a comprender con mayor cercanía muchas de nuestras dificultades e incomprensiones personales, que otras personas necesitadas de ayuda podrían precisar después. En principio podemos decir que la raíz del árbol es la fuente dónde mana la fuerza de nuestro ser, que es la realidad de nuestro espíritu. En esta emanación se produce un flujo, de manera semejante a la de nuestro sistema circulatorio, que oxigena y lleva los nutrientes a los tejidos orgánicos. Este flujo vendría a ser nuestra alma, que en el árbol representa directamente la función de la sabia. Después tendríamos el resto de las partes, que serían a grosso modo el tronco, las ramas y las hojas, que van a complementar el resto de nuestro ser. Nuestra mente, como don natural, partiría del tronco de nuestra inteligencia, que es la parte central de nuestro ser, que no sólo lo sustenta, sino que también es vínculo de unión con el resto de nuestro ser.                 .                              .                                                 .                  
Las ramas para cada persona, para cada árbol, van a tener un desarrollo y una función diferente, pues junto con el tronco, a medida que crecemos nos van a ir definiendo como personas, haciéndonos de esta manera tomar mayor consciencia de que somos únicos e irrepetibles, que es la realidad que rompe aquella barrera que nos cosifica, cuándo el hombre se define como un ser «normal», que es un síntoma claro y evidente de que el hombre ignora lo que es. Creo que es procedente la comparación, pues cada rama de nuestro ser vendría a representar a un periférico de un ordenador, es decir, una extensión útil y necesaria desarrollada por nosotros mismos, por medio del aprendizaje y la experiencia, para poder servirnos o desenvolvernos mejor en nuestra vida. Creo que hacer alusión a los periféricos de un ordenador, como podrían ser una impresora, una cámara de video, unos altavoces, un micrófono, etc., nos va a ser de mucho provecho para poder decir que las hojas, aparentemente iguales, pero tan diferentes entre sí cuándo las examinamos más de cerca, vienen a representar la parte sensible de nuestro ser, que también es de alguna manera, la parte que comunica o conecta a modo de una amplia circuitería nuestro interior con el exterior. Las hojas tendrían un vínculo directo, como es evidente, con los sentidos corporales (vista, oído, olfato, tacto, gusto), que serían los cauces para poder desarrollar, por ejemplo, la memoria, la concentración, el lenguaje y en general todo lo que se relaciona con la cobertura de la percepción humana.                  .
Para que el árbol de nuestro ser pueda crecer y mantenerse lozano y frondoso, debe de seguir tomando aún más referencias de esta misma proyección con este ser vivo, que como sabemos necesitará de buenos nutrientes, para que tenga un crecimiento adecuado, con aquello que conocemos como virtudes. Estos nutrientes vendrían a ser las fuerzas necesarias para que podamos desarrollarnos debidamente, siendo estas sales minerales en primer lugar las virtudes teologales, que serán en este caso la fe, la esperanza y la caridad. En cuanto a las virtudes cardinales o morales tendremos la fortaleza, templanza, prudencia y justicia. Sin duda los dones sobrenaturales van a enriquecer y embellecer aún más todo el árbol de nuestro ser, cuando por los cauces necesarios llegamos a ser nutridos para desarrollar más allá de nuestros límites nuestra Inteligencia, Sabiduría, Fortaleza, Consejo, Ciencia, Piedad y Temor de Dios. Estos últimos dones son la verdadera Fuerza o Vida que el hombre necesita para su adecuado desarrollo humano, con el fin de sentirse pleno, que además será una condición vital para poder auxiliar y consolar a otros. En verdad en esta vocación, crece mejor el que se entrega más, que aquel que pueda estar recibiendo de otra persona. Esta es la vocación al amor, que en definitiva es la vocación troncal o principal que debiera de estar injertada en todos los campos vocacionales en los que el hombre se realiza y desarrolla, un injerto que de muchas maneras, nos va a ir definiendo como personas, por tanto, también nos va a ir imprimiendo carácter en nuestra experiencia de vida.

            Cierto es que el árbol tiene un ciclo vital muy semejante al nuestro, que sería crecer hacia arriba buscando la Luz, el Conocimiento, el calor del Ser por excelencia, que es el que nos da la vida a todos. El árbol, toma monóxido de carbono (CO2) que es un gas letal para la vida orgánica, para convertirlo gracias a su ciclo vital en oxigeno (O2). La mala alimentación podrá terminar afectando a nuestra raíz, que como ya hemos dicho representa nuestro espíritu, dónde parte el resto de nuestro ser, nutriendo así nuestra ignorancia que sin duda es también madre de la indiferencia, para tocar fondo y llegar de esta manera a borrar toda huella que ponga de manifiesto nuestra verdadera identidad y dignidad como hijos de Dios. De esta manera muchas personas terminan creyendo erróneamente que, lo que tratamos de apreciar más allá de nuestros sentidos externos es incomprensible, cuándo esta ignorancia inhibe o bloquea gran parte de nuestras potencias interiores, siendo precisamente estos motivos primarios los mismos que inducen al hombre a la duda sobre el sentido de su existencia. De esta forma vamos perdiendo cada vez más, nuestra capacidad de poder superar la barrera del materialismo tan agresivo que experimentamos más en nuestros días, que como sabemos rompe a su vez la capacidad natural de transcendencia en el hombre,  que finalmente nos hace dudar incluso de nuestro Origen común que es Dios. Gran parte de esta situación actual, es agravada por el bombardeo nocivo de los medios, que son dirigidos por grandes intereses y no por personas, destruyéndonos a base de finas capas aparentemente inocuas, que van imposibilitando exponencialmente nuestra capacidad de saber reconocernos en los demás. Quedando bajo una gruesa capa, terminamos negando así nuestro servicio, por tanto, haciéndonos cada vez más torpes, necios e inútiles, es decir, que evitamos o atenuamos la donación de nuestros potenciales, capacidades o en general de todas nuestras riquezas interiores, si queremos entenderlo mejor de esta manera. Debemos de saber que cuándo una persona con cierta sabiduría, la reserva o la niega a los demás, deja de ser un hombre sabio, de la misma manera que un hombre sabio pierde su sabiduría cuándo afirma serlo. De lo contrarío, cuanto más se vuelque una persona en los demás, más capacidad adquiere para poder conocer o crecer, por tanto, para poder seguir madurando. Nunca encontraremos un libro en todo el mundo mejor que cualquier persona, por muy torpe, necia e inútil que pueda ser, porque hasta por defecto, también podemos aprender mucho de los demás. Es importantísimo tener en cuenta que todo aquel que desprecia o ignora al necio, torpe e inútil, será sin duda, más torpe, necio e inútil que aquel que le dio de lado a éste primero. Aunque esto que acabo de decir pueda parecer una mofa, esta realidad se convierte en una reacción en cadena, sin duda mucho más peligrosa que todas las bombas nucleares posibles que el hombre pueda tener capacidad de crear. De esta manera se disparan las divisiones, el individualismo, el error de la autosuficiencia, la búsqueda de intereses particulares, etc., etc., etc.

            Cierto es que para nuestra lógica podemos aceptarlo como algo normal y a su vez como algo inmensamente sorprendente, ya que nos hemos acostumbrado a todas las maravillas y portentos de la Naturaleza, en un desenfreno a diario por querer buscar sólo aquellas «cosas grandes». Como digo, es admirable y sorprendente que en este caso un ser vivo tome algo letal para la vida orgánica, lo transforme y nos lo done a cambio de algo tan noble como es en este caso el oxigeno (O2). Siendo algo que obviamos, despreciamos o ignoramos, viene a ser en este proceso natural de estos seres vivos dónde encontramos parte de nuestra «Piedra de Rosetta», que representarían en este caso diversos conocimientos clave, para poder comprender algunos misterios de la economía espiritual, que por no comprenderlos bien, también son causa de divisiones entre los hombres. Nosotros, de alguna manera, debemos de entender este mensaje que Dios nos deja en estos maravillosos seres vivos, que tanto nos pueden seguir enseñando. Efectivamente, fue después de nuestro pecado original y en lo sucesivo, por nuestro pecado consentido, cuándo en nuestro ciclo vital por medio de nuestro cuerpo físico, se produjo un desorden integral en el árbol, que terminó bloqueando gran parte de nuestro ser. Sabemos por el Catecismo de la Iglesia Católica, que de aquí surgió originalmente la muerte, el sufrimiento y la ignorancia. Aunque pueda sorprender en un principio, en este caso concreto, nuestro cuerpo físico vendría a representar la misma tierra, el barro, el polvo, que es lo único visible para nuestra percepción en este plano exterior, que vendría a ser en este caso, como ya sabemos, el medio por el que se filtran los nutrientes o las posibles toxinas, que puedan llegar a alimentar o contaminar nuestro espíritu, por tanto a su vez nuestro cuerpo y mente. Después de todas estas aproximaciones dónde tratamos de comprender nuestro ser, por medio de la contemplación y el estudio de un árbol, puede ser más pertinente ahora exponer que cuando la tierra, es decir, cuándo nuestro cuerpo se contamina con toxinas, el ciclo seguirá estando bloqueado. Lo peor es que todo esto se puede agravar aún más, cuándo el árbol incluso puede dejar un hueco o vacío en su interior, con la posibilidad de iniciar un proceso de putrefacción, lo que implicará una deshidratación paulatina, dándose de esta manera una sensación de insipidez ante la vida, con independencia a que el árbol muestre su hoja verde e incluso pueda parecer florecer. Esto supone inconscientemente una muerte, que para nosotros sería como «un dejar de ser», en un estado de consciencia más o menos plena. Esta experiencia de «no-ser» la podríamos definir mejor como una larga agonía en vida, que es una experiencia muy común para muchas personas. Si tratamos de acercarnos mejor esta experiencia, para tratar de comprenderla con una perspectiva más adaptada a la vida real, podría ser como si fuésemos un árbol de hoja caduca, que habiendo quedado desnudos de sus hojas –representando éstas todos nuestros afanes, ilusiones, deseos sin tamiz– en definitiva, todos esos proyectos que vienen a resumirse en un complejo de intereses para nuestra vida que, un día «sin previo aviso» cayeron al suelo, para servir nada más que como estiércol. De esta manera el árbol queda desnudo por completo, aunque muchas veces sin consciencia de que se encuentra en un momento ideal u oportuno, para que la sabia se centre en el crecimiento espiritual y en la consistencia  psíquica, es decir, un momento de referencia para aprender a volver a valorar la vida. Podríamos comprender mejor ahora este estado transitorio, como un posible momento de esfuerzo o sacrificio por nuestra parte, que puede suponernos una mejor preparación y adaptación en la vida, ayudándonos además a saber afrontar con mayor madurez todo tipo de experiencia que nos acontezca en adelante. Efectivamente, si somos capaces de comprender todo este contexto que hemos planteado, podríamos relacionar este estado transitorio  ̶ que dependiendo de nosotros puede llegar a ser permanente ̶ como aquello que conocemos comúnmente como depresión. De esta manera se consuma una mala praxis por parte de este campo de la medicina, pues de seguir comprendiendo o aceptando este estado transitorio del hombre como una enfermedad, «se corre el peligro de que terminemos más adelante medicando a todos los árboles de hoja caduca en la estación de otoño». Debemos de ser conscientes que nuestro bloqueo o desorden nos inclinan al error, confundiendo en muchas circunstancias de la vida lo que es natural con «algo anómalo» o por lo contrario, llegamos incluso a creer que algo perturbador, que nos domina hasta la esclavitud y que por tanto, va destruyendo la integridad de nuestro ser, va a ser en este caso algo «noble o natural». Por estas razones podemos deducir el profundo significado de las palabras de Jesús, cuándo nos decía que debíamos de entrar por la puerta estrecha, «porque ancha es la puerta y amplia es la senda que lleva a la perdición, y muchos son los que entran por ella» (Mt. 7: 13).

            Si nuestros nutrientes fuesen esencialmente ricos en amor, nuestro ser comenzaría a desbloquearse, se desplegaría interiormente, en dos palabras «se abrirá», y en una «comprenderemos»; comprenderemos porque desde este momento, tendremos mayor disposición para conocer. En esta etapa será cuándo nuestro árbol tenga mayor necesidad y disponibilidad para poder gozar de la virtud de la fe, haciéndose a su vez más dócil, para dejarse así iluminar mejor. Sólo la Luz nos aportará el calor necesario, para seguir desarrollando con mayor o menor intensidad nuestro ciclo vital, permitiendo de esta manera el crecimiento o lo que conocemos también desde la teología como la vida ascética, que es el crecimiento en el conocimiento de Dios, del cual va a depender directamente nuestra relación con Él, resultando ser un crecimiento muy paralelo con nuestra madurez humana. Será entonces cuando nuestro espíritu haga fluir la sabia de forma uniforme por todo nuestro ser, gracias al impulso del binomio «conciencia-voluntad» (+), que dependerá directamente del Binomio Principal «Conocimiento-Amor» (+). Llegados a este punto, se hace necesaria una breve digresión. En primer lugar, denominamos binomio (+) a un conjunto de dos elementos independientes (a, b), que se integran el uno con el otro (a + b = +), hasta el punto que entre ambos existe una línea divisoria tan difusa que no podremos apreciar sus diferencias, como por ejemplo, dónde empieza y termina uno de los elementos o bien dónde termina y empieza el otro, si es primero uno o el otro u cuál de los dos elementos tiene mayor prioridad. Sería interesante detenerse en cada uno de los binomios posibles, pero ahora no podemos pasar por alto al Binomio  Principal (+), del cual dependen todos los binomios posibles, que es el Binomio  «Conocimiento-Amor» (+). Este Binomio Principal da a todo un sentido y significado, haciendo a su vez de eslabón con el resto de los binomios, pues desde un punto de vista existencial, es la Matriz dónde todo tiene su Origen. Este Binomio Principal viene a ser la Imagen del Ser de Dios. Nunca podremos amar si no conocemos, ni tampoco podremos conocer si no amamos. Encontramos aquí un círculo que no se puede abrir en la creación, aunque es únicamente el don de nuestra libertad aquel que con mayor o menor consciencia puede llegar a romperlo, siendo esta destrucción el acto intrínsecamente destructivo en los hombres que a la luz de la teología conocemos como pecado. Sabemos que somos Imagen de Dios, pero permítaseme muy escuetamente por encima hacer mención de lo que debemos de comprender también como Semejanza, que sería una introducción a lo que podríamos definir como, la «Dimensión Cósmica de la Santísima Trinidad», que presentaría a su vez los siguientes Tres Binomios (+): «Orden-Autoridad» en el Padre, «Espacio-Libertad» en el Hijo, «Fuerza-Vida» en el Espíritu Santo. Si nos fijamos en la figura geométrica de la Santa Cruz, un elemento representa al Orden, el otro al Espacio y la Unión entre ambos representaría en este caso a la Fuerza. Efectivamente, desde la teología conocemos que la Unidad entre el Padre y el Hijo, tiene origen el Amor de Dios, siendo esta la Fuerza que Une a la Santísima Trinidad. Esta Dimensión Cósmica, viene a ser una perspectiva científica de este Misterio dentro de la Economía Trinitaria, que sin haber tenido en cuenta esta rama del conocimiento en el estudio teológico, no habíamos tenido la gracia de poder acercarnos a su conocimiento y comprensión hasta este momento.      .                 .         
Esta digresión previa, se precisaba para poder justificar que el binomio «conciencia-voluntad» (+), debe de estar lo más en fase posible con el Binomio Principal (+), ya que la conciencia se forma o se ordena en la medida que conocemos, así como nuestra voluntad, que en este caso se  fortalecerá por medio del amor o de la caridad. Ciertamente es muy importante observar aquí el detalle que entre el Orden (
׀ ) y la Libertad (­) precisaremos de una Fuerza, que  será aquella que deba de establecer la Unidad (+) entre estos Tres Principios, que a su vez son UNO. Análogamente también va a cumplirse esta condición semejante entre nuestra conciencia (׀ ) y voluntad (­), pero precisando en esta ocasión de nuestros sentidos, dones y virtudes de una forma efectiva y funcional, que en este caso van a tener esta misma función unitiva (+), entre nuestra conciencia y voluntad.  Lo importante aquí es que dependiendo de la pureza de nuestra libertad, ambos binomios podrán llegar a formar uno sólo, es decir, que podrán llegar a unirse (+) con mayor o menor dificultad. Por esta vía vamos recuperando nuestra Imagen y Semejanza con Dios, su Perfección o lo que conocemos también comúnmente como su Santidad.

Nuestra escritura manual se compone de la palabra, siendo el medio fundamental con el que transmitimos información, siguiendo en primer lugar un orden descendente (׀ ), al hilo conjunto de la línea horizontal dónde va corriendo la «pluma»  libremente  (­). De esta manera inconscientemente se va describiendo una estructura  vertebrada que, a medida que vamos avanzando en  nuestra escritura, va a ir conformando la geometría de la Santa Cruz (+), siendo esta otra muestra más de que el signo sagrado de la cristiandad, es también un modelo universal que marca en esta ocasión las pautas fundamentales para la transmisión de información.   

 

Desde este momento el tronco de la inteligencia comenzará a robustecerse, buscando más la luz y creciendo, activando así el deseo o la necesidad de cultivar las virtudes, que serán en parte  complementos para poder formar correctamente nuestras conciencias y, poder llegar a enfocar nuestra óptica interior, para comprender mejor nuestras dimensiones psíquicas y espirituales. Las ramas crecerán más, desarrollándose según la necesidad de cada árbol, comenzando a dar sentido y significado a su función particular, para poder gozar en adelante de un conocimiento más perfecto de sí mismo y de los demás, que se podrá perfeccionar aún más gracias al medio natural. Por ello, de igual manera que el árbol a su tiempo maduro da su flor, en nuestro caso haría emerger la vocación o la misión particular a la que Dios nos haya llamado, permitiendo desde este momento que este binomio en el hombre, este en fase con respecto al Binomio Principal «Conocimiento-Amor» (+), que nosotros identificamos directamente como la «Voluntad de Dios» (+). Esto supone en adelante una apertura mayor al conocimiento, por el simple hecho de que somos guiados por su Voluntad, más que por la nuestra. Como ya hemos afirmado, si no podemos amar, no podremos conocer, así como tampoco podremos conocer si no amamos, por tanto, el amor es un infalible repelente de la ignorancia, siendo este el principio de nuestra libertad, pues ésta es otra forma de comprender aquellas palabras de Cristo, cuando nos decía que «la verdad os hará libres» (Jn. 8, 32). Esta experiencia sería como dejar de ser veletas, para convertirnos en brújulas, queriendo tomar esta última comparación para expresar que llegados a este punto, podremos llegar a gozar de una autonomía en la orientación en todos los aspectos. Desde este momento podríamos llegar a considerar en grado positivo nuestra madurez humana, que no depende como la mayoría cree del factor edad, ya que la razón se inclina por defecto en lo aparente o fácilmente mensurable, creando así ciertos patrones puramente racionales, que dan lugar a un elenco de patologías que hoy se conocen comúnmente como enfermedades mentales. Esta madurez como acabamos de decir, va a depender de la purificación de nuestros sentidos, dones y virtudes, para poder mejorar nuestra percepción global, aumentando de esta manera la apertura de nuestra consciencia a la realidad. La madurez, por tanto, precisa purificación y, esto conlleva necesariamente ejercitarse muy especialmente en la concentración y en la creatividad, que viene a ser una forma de sintonizar el cuerpo y la mente con el espíritu, pero evitando siempre recomendar cualquier actividad de vacío, que desembocaría en un puro activismo destructivo a medio-largo plazo, fomentando precisamente todo lo contrario, es decir, lo que sería la distracción y el pasatiempo. Es aquí dónde radica la importancia del sexto y noveno Mandamiento de la Ley de Dios, que resalta de forma especial la importancia de observar las virtudes de la pureza y la castidad, para poder tener así mayor facilidad de comprensión en la contemplación y/o el estudio, llegando de esta manera a complementar nuestro conocimiento personal –como ya hemos comentado– con el de nuestros semejantes, así como con el del medio externo, es decir, por la misma Naturaleza, de una forma semejante a como hemos llegado a proceder con el ejemplo de nuestro árbol. Sería entonces cuándo experimentaríamos una desfragmentación en nuestro interior, es decir, que comenzaría a imperar de esta  manera el orden, que será un factor determinante para poder seguir dando forma a nuestra conciencia, para ir así ajustando y definiendo los patrones primarios para nuestro discernimiento, llegando a adquirir de esta manera un criterio propio, para pesar, medir, priorizar o ajustar lo que es bueno o lo que se aleja de esta bondad, lo que es natural y lo que deja de serlo. De esta forma se va dimensionando todo nuestro ser, adquiriendo así un conocimiento más ceñido a la realidad de nuestros límites y capacidades. Este será un gran bien personal para nosotros mismos, que será vital para que después nosotros ofrezcamos estos bienes a los demás, creciendo a la par con ellos. Este proceso es muy similar al mantenimiento que debemos de procurar con todos los ordenadores después de una gran actividad en el tiempo, es lo que conocemos como la desfragmentación del disco duro, dónde se almacenan los datos, dando como resultado aquello que conocemos como proceso de optimización. Con este mantenimiento, nuestro equipo llega a ser más óptimo, pudiendo observar que uno de los resultados más inmediatos es la velocidad de procesamiento de todo el sistema. En este aspecto, encontramos también aquí una inmensa semejanza que nos ayuda a complementar estos argumentos, facilitándonos una mayor comprensión, a pesar de que este desorden interior contrarresta o retarda tanto nuestra actividad espiritual como intelectual, siendo esta la causa motora de muchos fallos o errores que pueden ser prevenidos y en el último de los casos corregidos, que serán en definitiva  atenuantes o resistencias que impidan el desarrollo de nuestra madurez. Esta viene a ser la razón principal que detona y desarrolla muchas de las enfermedades mentales que se conocen, que son extremadamente acentuadas por el ambiente social. Por ello podemos decir que el mayor porcentaje de todas estas enfermedades derivan directamente de nuestra inmadurez, en el sentido más amplio de la palabra. Después de exponer todas estas razones, podemos confirmar que muchas de estas causas tienen un origen completamente exógeno, es decir, que no existe una carencia física en la misma persona que llegue a justificar un tratamiento químico a modo compensativo. En otras palabras podemos decir, que no es preciso ningún tipo de fármaco para estos tratamientos, pues más bien lo que se precisa con urgencia es de una tutela de personas con una gran madurez psíquica y espiritual, bajo las condiciones previas que ya hemos planteado. De esta manera podríamos ayudar a superar el bloqueo general de muchas personas necesitadas, para así poder llegar a estimular su madurez, que es el centro de nuestro objetivo.

Creo humildemente que el conjunto de este documento, que ha tenido hasta el momento como esencia establecer unas bases más eficaces, para poder ayudarnos entre nosotros mucho mejor, viene a ser un fundamento que con sencillez también expone claramente las razones, por las que muchos hombres no crean en la existencia del espíritu humano. Creer en la realidad de nuestra esencia, no sólo es crucial o vital para ayudarnos mejor entre nosotros, sino también para poder comprender aquello que el hombre por la simple razón, nunca podrá vencer. Después de exponer estas primeras aproximaciones, el razonamiento clave, aunque aparentemente se presente como algo «irracional o surrealista», podríamos decir que consistiría en apreciar el contraste entre dos diálogos paralelos, que van a mantener dos árboles y en el otro caso dos hombres, que podrían ser amigos o conocidos. Entre los dos árboles existe una conversación muy semejante a la que mantienen los dos hombres. Sin ser conscientes ambas especies de sus inmensas limitaciones físicas y aquellas que van más allá de lo físico, osan llegar a la misma conclusión: Los hombres dicen que, Dios no existe y, los árboles de igual manera concluyen que la Luz no existe, pero en ambos casos hay algo evidente, pues la Vida no es propiamente un axioma, sino que es el Axioma que nadie puede negar, en primer lugar, porque aquel que lo llegase a negar, se estaría negando directamente a sí mismo, es decir, que su opinión sería nula, siendo definitivamente la Vida, la Verdad suprema y absoluta.

Cuándo la ciencia afirma que apenas usamos o sabemos hacer uso de un 3-5 % de nuestras capacidades intelectuales, podemos decir que viene a ser un dato que de muchas maneras, está justificando una gran parte de los argumentos que hemos ido desarrollando en este documento, que deberían de ser muy útiles para la reflexión en común, entre la Ciencia y la Religión. Ambas vertientes deben de llegar a plantearse un sacrificio o esfuerzo mayor, para poder frenar la inmensa degradación social que mina el futuro de nuestros hijos y demás seres queridos, tratando en lo posible de estrechar lazos. A pesar de saber lo importante del diálogo, de la palabra que nos puede llevar a la unidad, se hace más necesario en este instante dejar a un lado la palabra, para mantenerla en todo caso en un segundo plano, pasando de esta manera a la obra o la misma acción, al esfuerzo o sacrificio, pero poniendo ahora las miras más que nunca en los demás. Cierto es que podemos y debemos de luchar por ser personas lo más competentes posibles en nuestros campos vocacionales, evitando de esta manera las «normalizaciones», para poner fin a nuestras autolimitaciones que empobrecen nuestra personalidad, debiendo de ser exigentes con nosotros, para poder ser mejores instrumentos al servicio del bien a los demás. Aunque desgraciadamente tengo que confesar, bajo mi experiencia, que es avalada con casi diez años de observación, que es triste, pobre y me atrevo a afirmar incluso que, es motivo para vestirse de luto, cuándo muchos, tanto de un lado como de otro, somos testigos que entre el «centro de salud integral y la parroquia más cercana», existe un velo que disimula una «competencia en materia de dolor, sufrimiento y miseria humana», como si fuésemos otro simple objeto de consumo, dónde cada vez, por ambas partes, vamos perdiendo más nuestra humanidad, por la alta «oferta» existente de necesitados. Pero, ¿Qué haremos con la avalancha que se avecina de las pobres generaciones «zombies», si no hacemos por unirnos? Si las catástrofes que se conocen cuándo las cosechas son escasas o se han echado a perder, son un gran desastre que termina afectándonos a todos, ¿Cómo será esta cosecha si en este caso viene a ser de personas? Los pacientes de salud mental, nos hemos ido convirtiendo poco a poco en un objeto dentro de una cadena de montaje, que de muchas maneras moldean e influyen los «medios sin corazón», en una plena Revolución Industrial, pero en este caso de personas. Todo esto ha sido ocasionado, no por nuestras diferencias  ̶ que en un principio, en verdad son más bien variedades ̶ sino por las durezas que nos dividen, porque en el fondo, todos sabemos que estas «diferencias» con amor, no son diferencias, sino que más bien, en todo caso, son nuestras verdaderas riquezas, que sólo pueden llegarse a ver o comprender con nuestro corazón. La igualdad del hombre debe de estar en su dignidad y ante la justicia, pero debemos de hacer un esfuerzo por entender nuestras diferencias, siempre teniendo en cuenta las leyes naturales, dónde están impresas de una forma indeleble los Principios; el Orden, la Libertad y la Fuerza de la Vida, ante la gran subjetividad y el error que induce el pecado en nuestra naturaleza herida o fragmentada.

Si ignoramos o despreciamos los Principios, terminamos siendo como un producto homeopático, dónde en cada frasco que nos vierten vamos perdiendo nuestra identidad, por tanto, vamos perdiendo nuestra capacidad para mantenernos motivados y la vida desgraciadamente, siendo el mayor regalo que hemos recibido, termina siendo lo más despreciado por nuestra parte. Es aquí donde se pone en evidencia nuestra fragmentación interior, que es el efecto más directo del pecado, rompiendo de esta manera nuestra Imagen y Semejanza con Dios, tal como si fuesen los fragmentos de un espejo, lo que nos va a dificultar la capacidad de comprensión ante todas aquellas cuestiones y aspectos de carácter existencial. Si no hay orden, tampoco habrá libertad; razón por la que nuestra naturaleza viene a ser tan débil y, las circunstancias que se nos presentan como deseos, por la mala alimentación del espíritu, van a hacer que muchos de estos deseos los metabolicemos como alimentos. Estos alimentos toman forma de tentaciones, que no dejan de ser apetitos perjudiciales para nuestro espíritu, provocándonos una saturación o desbordamiento de nuestra inteligencia, dando lugar de esta manera a una experiencia de sufrimiento estéril, para terminar siendo mucho más débiles aún, lo que supondrá el error nefasto de ignorar o despreciar la importancia de la vida o dimensión espiritual en el hombre. De esta manera, se origina consciente e inconscientemente una de las mayores crisis personales que nos conduce a un mal gratuito y estéril, que es cuándo la conciencia viene a ser sumisa a la voluntad, siendo este un efecto que anulará casi por completo lo que nos pueda quedar de bueno en nuestra conciencia. Esta herida del pecado, supone una degradación que nos conduce a situaciones críticas que parten de nuestra dimensión interior y por expresarlo de una manera gráfica, rebotan al exterior, para volver a nosotros, creándose de esta manera una realimentación del mal. Esta herida sangra la mentira, el orgullo, el miedo, el egoísmo, la idolatría, la hipocresía o las apariencias, la vanidad, los celos, el relativismo moral, etc., etc., etc. Todo esto es lo que desgraciadamente hace al hombre enfermo en mayor o menor grado, incluyendo a este servidor que les escribe. Aunque será mucho más severa esta enfermedad, en la medida que seamos incapaces de poder llegarla a aceptar en nosotros mismos. Como resultado final, se termina consiguiendo que estas personas no se vean necesitadas de un Médico,  ni de nadie en particular, para que puedan recibir ayuda. Desgraciadamente este tipo de árboles los tenemos en todas las especies. Como decimos, muchas de estas enfermedades llegan a dejar secuelas o daños graves, primeramente en nuestro espíritu, que ciertamente es la raíz o la etimología de nuestro ser. Efectivamente, si la persona se ha disuadido de la prevención y no se ha dejado ayudar en el momento adecuado, existen posibilidades de que más adelante estas secuelas o daños graves del espíritu se extiendan a nuestra mente, pudiendo ocasionar a su vez multitud de manifestaciones físicas que terminen afectando la integridad de la persona. Quizá sea este el momento más oportuno en el que debamos de precisar de la ayuda farmacológica, aunque esto no quita que los profesionales de la medicina deban de rasgar el velo de la razón, para reconocer definitivamente que, el pecado es un desorden integral de la persona, que nos limita y nos hace demasiado frágiles y vulnerables ante la vida. Sin duda es el promotor de la destrucción integral de la persona, tal como si se llegase a producir una reacción en cadena, cuya onda expansiva llega a tocar todas las demás estructuras sociales, que es aquello que la Doctrina Social de la Iglesia llega a definir como una «estructura de pecado». Por tanto debemos de comprender y aceptar que es un grave error tratar de curar nuestro pecado a base de fármacos, pues más bien desgraciadamente, en la mayoría de los casos, esta negligencia va a agravar la situación. Esta última afirmación puede ser de mucho impacto, ya que nuestra sociedad tiene una inclinación un tanto «enfermiza», cuándo trata de magnificar por encima de todo, el hecho de que podamos llegar a gozar de salud, tal como si fuese un ídolo o arquetipo necesario para poder ser aceptado, esencial para que se nos abran todas las puertas de la sociedad. Pero si hiciésemos un esfuerzo en aceptar esta realidad, supondría un conocimiento bastante medicinal para todos. Cierto es que en primera instancia esto supondría un forcejeo contra nuestro propio orgullo, pero si humildemente comprendiésemos y aceptásemos esto, deberíamos vernos en la necesidad de ofrecer un sacrificio, para poder tener una mejor relación con los demás. Siendo más conscientes de esta realidad, comprenderíamos mejor que todos tendríamos mayor necesidad por practicar la caridad, lo que supondría una motivación que nos impulsaría a sobrellevar mejor nuestras relaciones con los demás, teniendo de esta manera mayor consciencia de la vida y asumiendo esta realidad con verdadera madurez humana, es decir, ejercitándonos en el esfuerzo y continuo sacrificio por crecer. Teniendo más consciencia de la realidad se podría practicar más, por ejemplo, el perdón que Dios nos pide por medio de su gracia, que viene a ser como el aceite necesario para evitar sobrecalentamientos, fricciones o rozamientos, además de preservarnos de toda corrosión interior. Por ello se debe de procurar todo lo contrario, dónde vendríamos a experimentar un autodominio ante todas nuestras pasiones desordenadas y deseos perniciosos, que deben de estar al servicio del bien, en vez de que nosotros tengamos que estar bajo dicha servidumbre. De esta manera evitaremos quedar inhibidos o bloqueados ante la vida, siendo esta última opción aquella en la que todos debemos de procurar centrarnos, que vendrá a ser en este caso, cuándo la voluntad más bien está sujeta o subordinada a nuestra conciencia.

Muchas personas, más en nuestros tiempos, se jactan de su grado de «cociente intelectual», y aún gozando de una «buena mente», «aunque pueda ayudar», no es algo que implique un dominio sobre sí mismo y sobre las circunstancias de la vida, que es lo que vendría a ser lo importante, por lo que esta referencia no es verdaderamente útil para nuestra vida. Desde este momento a muchos les podría sorprender, pues si partimos de tan sólo tres datos de referencia, podríamos llegar a cuantificar nuestro grado de madurez, siendo en este caso una referencia útil, activa o efectiva. Todo sería posible si se llevase a cabo un estudio personal, para poder obtener estos datos de referencia, aunque en verdad esta compilación que se resume en la siguiente fórmula, nos permitiría obtener previamente como una «radiografía» o una noción veraz de la madurez de nuestra sociedad, aunque teniendo presente esta fórmula, también podríamos llegar a obtener individualmente una estimación de cada uno de nosotros a título personal. Estos datos de referencia vendrían a ser  básicamente en este caso, la valoración de nuestro espíritu de esfuerzo o de sacrificio, además de la cantidad/calidad de nuestras relaciones sociales y finalmente de nuestro propio orgullo. De esta manera estaríamos cuantificando el grado de nuestra humanidad, que sería un dato proporcional al grado de nuestra enfermedad, para que después podamos tomar las medidas oportunas, iniciando de esta manera un proceso de acompañamiento y discernimiento, que es la ayuda que precisamos todos. 

 

 

Dependiendo del grado de madurez (M), podremos valorar si es aceptable o no. De lo contrario debemos de saber que,  aún queda mucho por ejercitarnos en nuestro esfuerzo o sacrificio (E es), que como ya sabemos, es un factor clave para nuestra madurez. Sin duda este esfuerzo o sacrificio repercute directamente en nuestras relaciones sociales, es decir, en la cantidad y calidad de nuestras relaciones sociales (C/C rs). Como es evidente, la humildad nos ayudaría a poder ser personas mucho más maduras, pero es preferible tomar como cociente nuestro orgullo (O), que todos desgraciadamente tenemos. La razón de tomar este cociente, se debe a que el camino de la humildad no es en verdad para los humildes, sino para todos aquellos que cada día reconocemos nuestro orgullo. Efectivamente, como podemos apreciar, la madurez humana (M), con total independencia a la edad, es directamente proporcional a nuestro espíritu de esfuerzo o de sacrificio (E es) y la cantidad y calidad de nuestras relaciones sociales (C/C rs) e inversamente proporcional a nuestro orgullo (O).

Ahora el quid de la cuestión más importante, quizá para muchos, podría estar en aquella pregunta reiterada y casi automática del hombre de ¿Por qué existe el mal? Para mí la causa queda más que expuesta en esta descripción interdisciplinar, entre la psicología y la espiritualidad cristiana, así como sus efectos. Pero con independencia de esto, la respuesta más comprensible nos la da la misma ciencia, pues recordemos que el estado original entre el bien y el mal, según relata el Libro del Génesis, queda expresado gráficamente en un árbol, diferente al Árbol de la Vida, quedando ambos en el medio del Paraíso. En verdad, como respuesta rápida, sencilla y resumida,  podríamos decir que cuándo somos conscientes de que el mal impera sobre el bien, lo hace en la medida que el hombre se aleja de Dios, que es el Bien, de la misma forma que el frio es más frio en la medida que nos alejamos del calor. Efectivamente, por ello, el mal es en esencia una ausencia o distanciamiento del Bien. El mal en sí, es un concepto de referencia, como la oscuridad, el frío, el caos, etc., pues tanto el mal, el frio, la oscuridad así como el caos, existen sólo como conceptos de referencia en la riqueza de nuestro vocabulario, pero en verdad no existen como tal, ya que no tienen ser por sí mismo. De lo contrario, en el caso de la Luz, el Calor, el Orden o el Espacio, son conceptos reales que sí podemos medir o estudiar y que además podemos comprobar en esencia que, entre ellos existe un factor común, que es el mismo Bien. «Y el Señor Dios hizo brotar de la tierra todo árbol agradable a la vista y bueno para comer; asimismo, en medio del huerto, el árbol de la vida y el árbol del conocimiento del bien y del mal» (Gn. 2, 9). El árbol del conocimiento o de la ciencia del bien y del mal, supone un símbolo gráfico real o figurativo, que representa en este caso la unidad del Creador con su creación. Debemos de comprender que esta imagen real o figurativa, se define como  «árbol del bien», porque simbolizaba en esencia la unidad entre el Creador y su creación. Y a su vez como «árbol del mal», porque nuestra libertad al ser adulterada por engaño, hizo romper esta unión de amistad, por lo que todo lo que era unión-constructiva, pasó a ser división-destructiva. Esta libertad adulterada que simboliza en este caso una atractiva «manzana», se tradujo en un interés aún intacto hasta el presente, que fue querer ser como Dios, pero sin contar con Dios, lo que supuso el primer distanciamiento por soberbia o desobediencia, que es lo que conocemos como pecado original. De esta manera se trastocó todo el conocimiento en la Obra de Dios, más concretamente en el hombre, creatura que Dios llegó a dotar mejor en la creación y que nos entregó para poder dominarla, para después quedar más bien bajo su servidumbre, pues toda la Naturaleza, que es un complejo vivo en continuo movimiento, desde aquel entonces se rebela contra nosotros. Esto supone llegar a comprender que Dios no es el artífice del mal, sino que más bien, fue el hombre en su estado de consciencia el que contribuyó directamente a romper esta amistad de unidad con Dios. Si hiciésemos un esfuerzo en unir el bien con ésta distancia que representa el mal, el mal terminaría siendo de nuevo un bien, por el hecho de volver a unirse con el bien, quedando de esta manera en un estado original, tal como lo estaba en un principio en el árbol de la ciencia del bien y del mal. Ni siquiera el Maligno se puede apropiar de ser la personificación del mal, que es una de sus grandes mentiras, pues de esta forma trata de igualarse a Dios, pero en un sentido opuesto, pues en todo caso su intención es hacer daño a Dios, pero tomándonos a nosotros, es decir, que su rol es únicamente ser un «separatista», entre Dios y los hombres o entre nosotros los hombres, que para el caso viene a dar el mismo resultado. Aunque lo importante ahora, siguiendo esta pedagogía natural con la que partimos inicialmente, en la que nuestro árbol ha «comprendido» que con algo «malo» o sin beneficio aparente, puede llegar a transformarlo en un bien, que en este caso, como sabemos, será la función de purificar o regenerar la atmósfera. Teniendo en cuenta que existen diferentes grados de sacerdocio, este ser vivo en primer lugar ejerce un sacerdocio natural, pudiendo decir incluso desde este punto de vista, que este ser vivo viene a ser por excelencia, el mejor ser en su especie que ejerce admirablemente su sacerdocio. Esto se justifica en primer lugar por el bautizo de Sangre que recibió de Cristo el mismo Árbol de la Cruz, además de sumarse su sacrificio en silencio y diariamente hasta este momento presente por el bien de la humanidad, tomando lo «malo» o aparentemente letal para nosotros, para convertirlo en oxigeno (O2), que por deducción, vendría a representar simbólicamente en todas estas aproximaciones que hemos ido desarrollando a la misma pureza. La pureza es un don precioso que dependerá de nosotros poder adquirirlo y mantenerlo, aunque como la mayoría ignora o le es indiferente saber que es en su esencia, podemos deducir que tampoco podrán conocer sus beneficios, que es lo que verdaderamente nos debería de interesar. Al respecto podemos decir que, la pureza es como el «oxígeno» que fluye a través del alma, que da vida a nuestros sentidos, dones y virtudes. Cuándo nos falta este «oxigeno», el hombre necesita de una multitud de sucedáneos, pues para esconder nuestros miedos más tempranos, carencias personales, la falta de una educación sexual, etc., solemos recurrir en la actualidad con mucha asiduidad y frecuencia a la pornografía; que es una forma fácil de evadirse de los problemas personales y, que cada vez nos estimula sin apenas ser conscientes en una búsqueda ciega de sensaciones más fuertes y diferentes. La pornografía nos estimula a buscar material cada vez mucho más fuerte o más explícito, degenerando con mayor facilidad a la juventud, por su mayor debilidad y su falta de protección, hacia el consumo de drogas, para suplir estas «sensaciones fuertes», siendo este un signo sensible, por tanto evidente, de que los sentidos de una amplia mayoría de nuestra sociedad, están plenamente obstruidos u ofuscados, hasta que esta contaminación termina asfixiando todo nuestro ser. Estos factores van expropiando nuestro ser, perdiendo de esta manera nuestro propio dominio, dejando así de ser nosotros, que es la mayor condena o esclavitud que nos autoimponemos, no sólo por lo que supone, sino porque viene a ser muy complicado tener plena consciencia de ello. Los pulmones (69) de estas virtudes son el sexto y noveno Mandamiento de la Ley de Dios, aunque sabiendo ahora la gran importancia que posee la pureza para nuestra vida, debemos renovar nuestra mente y espíritu, rompiendo el molde o los patrones predefinidos, para ver que  estos principios fundamentales no son unos simples mandamientos, para comprenderlos ahora como lo que verdaderamente son, es decir, como regalos o dones de Dios; oxígeno de vida interior. Este oxígeno nos permitirá vivir con verdadera dignidad, dando fuerza o vida a nuestros sentidos, dones y virtudes,  sabiendo así gozar de la vida, pero sin hacernos daño a nosotros, por lo que evitaremos mayores daños a los demás. Esto nos permitirá adquirir un estado natural de alegría, con nuestra justa remuneración de dones que Dios permita darnos cada día.  

(6) No cometerás actos impuros    No consentirás deseos impuros (9)
 
Comprendemos mejor ahora que estos seres nos están enseñando en su sacrificio silencioso que, cuándo amamos la Voluntad de Dios, es en definitiva como hacerse un haz o un matiz de la vida, de la verdad de la Vida, que tiene su Origen en la Luz «Conocimiento-Amor» (+).  Cuándo nos abrimos o rompemos con nuestras limitaciones, dejamos de esta manera atravesarnos, tal como si fuésemos el prisma de  Newton, que radia colores diferentes, que representarían en esta simetría a la limpieza de nuestros sentidos y a los colores de nuestros dones y virtudes, cuándo somos en este caso penetrados por un haz de Luz. Al proyectar ésta belleza, quedamos conectados o sintonizados a la armonía y equilibrio del medio, es decir, que dejamos de ser un contraste o una sombra, para así formar parte del Bien y de la misma Belleza de la creación. Amar la Voluntad de Dios, es en primer lugar, hacernos un bien para activar o seguir desarrollando nuestro ciclo vital, que sería como recibir el agua, que representaría en esta ocasión la vida de gracia, para poder obrar de la misma manera que lo hacen todos estos seres que pueblan gran parte de nuestro planeta, en vez de seguirnos preguntando durante otros «25 o 30 siglos más», la misma pregunta de siempre. ¿No termina de ser consciente el hombre que si se le da la respuesta perfectamente razonada no le sirve de nada, si no es capaz de desplegar su interior para poder razonar por sí mismo? Será entonces cuando el hombre valore la verdad por su propio razonamiento, por su esfuerzo, por su sacrificio, que Dios mismo poliniza con su Santo Espíritu, para que el hombre pueda tener su mérito y podamos de esta manera dar fruto en abundancia. Debemos de saber que el primer sacrificio que Dios nos pide es emprendernos en su búsqueda, tratar de conocerle con ánimo y perseverancia.                                    .

Para más (+) INRI, este ser tan magnífico que nos purifica el aire, se puede decir también que fue instrumento de Dios para rescate de los hombres, en la esperada purificación anunciada por medio de los profetas del A.T, que supuso la salvación del género humano, cuándo Cristo Ntro. Señor redimió o restauró nuestra naturaleza, quedando por nuestra parte libremente llegar a completar la redención de Cristo, con nuestro sacrificio ofrecido a Dios, hasta que todo sea plenamente restaurado en su Segunda Venida. La causa de tener que cumplir con nuestra parte es bastante evidente, ya que de no ser así, nadie hubiésemos tenido la opción de poder superar nuestra propia necedad, torpeza e inutilidad, es decir, que no hubiésemos tenido la opción de crecer y de madurar en ningún aspecto ¿A caso un Padre querría a sus hijos torpes, necios, inútiles con un amor inmaduro, sobreprotegiéndolos y dejándoles todo fácil y sencillo o preferiría mejor que se sepan defender en esta vida, dejándonos como Modelo a su Hijo? De ser así la relación con Dios hubiese sido muy limitada por nuestra parte. Él derramó su Preciosa Sangre en tierra, reconciliando a Dios con los hombres con el Sacrificio Perfecto de sí mismo, purificando y fertilizando nuestra naturaleza, haciéndonos más dignos o más aptos para poder recibir la Semilla de la Vida, de la Verdad, que nos ayudaría a comprender mejor el sentido y significado de nuestra existencia, tan velada y misteriosa para unos y tan brillante y resplandeciente para otros.                                         .
Este viene a ser un momento pertinente para volver a subrayar la importancia de las herramientas de la comunicación, para enfatizar concretamente en esta ocasión la importancia del lenguaje de los símbolos. El lenguaje de los símbolos es estrictamente necesario, ya que gracias a este lenguaje somos conscientes de lo limitado que es nuestro lenguaje verbal y escrito. Debemos de tener siempre presente la necesidad de precisar del uso de la simbología, como un medio para acercarnos mejor al conocimiento. De otra manera los ojos de la razón e incluso del espíritu son miopes, actuando en este caso el símbolo como una «lente» que nos puede ayudar a acercarnos más al Misterio de la Vida, pues la ciencia sin simbología sería inoperativa. Igualmente la teología sin simbología, sería incomprensible y a su vez, la filosofía sin simbología, los conocimientos serían muy limitados.                                                              . 
. Hoy los católicos vivimos y gozamos con mayor esperanza, pues conociendo el Libro de la Revelación y teniendo en cuenta los mismos Signos de los Tiempos, somos cada vez más conscientes de la proximidad de la Segunda Venida de Cristo, teniendo consciencia plena de que todo quedará restaurado con la instauración de su Reino, dónde podremos vernos tal cuál somos, pero en la medida del grado de madurez que hayamos adquirido, aunque en esta ocasión será ya sin velos para la razón. Este concepto gráfico que acabamos de definir como «velo», podría sernos muy útil para poder adaptarlo a la comprensión científica de la óptica geométrica, que es el conjunto de disciplinas que incluyen el estudio de cómo la luz interactúa con materiales específicos. En verdad, la virtud teologal de la fe, puede ser comparable a los filtros que permiten o imposibilitan nuestras capacidades para poder ver, dando como resultado una falta o exceso de Luz, para poder llegar a comprender con mayor o menor dificultad, aunque teniendo muy en cuenta unos condicionantes previos, para que en este caso pueda penetrar nuestra «visión interna» o bien para permitir que seamos penetrados por la misma Luz y ser iluminados a través de este filtro. Las condiciones de paso o de apertura de este filtro, en un esfuerzo por entendernos con un lenguaje sencillo, en primer lugar, dependerá de nuestra «desnudez» (transparentes, coherentes), «pulcritud» (sin pecado, puros, en gracia) y de nuestra «sensibilidad» (humildad y sencillez). Teniendo en  cuenta estas precisiones, podemos decir que desde este punto de vista más íntimo para nosotros, aunque sin dejar de tener en cuenta la idea o la perspectiva de la virtud de la fe como filtro o elemento óptico, podríamos decir que esta virtud en este caso, representa también un vínculo que se relaciona muy directamente con el himen de la mujer, pero en este caso de una forma simbólica, ya que como sabemos es un signo físico que se identifica con la pureza. De esta manera podremos llegar a apreciar esta semejanza respecto a la naturaleza de la razón humana, comprendiendo mucho más la importancia de la pureza, para que podamos desarrollar mejor esta virtud teologal.                                                             .
Siguiendo el hilo de esta última explicación científica sobre las virtudes teologales de la fe de la esperanza y la caridad, podemos recordar aquel pasaje memorable del Antiguo Testamento, cuando Moisés, por mandato de Dios, le ordena extender su mano sobre el mar, quedando de inmediato las aguas abiertas. En este caso, queremos resaltar la riqueza simbólica con la que está impregnada esta maravilla o portento de Dios, que viene a ser un hecho histórico dentro del Pentateuco. Este hecho histórico es completamente análogo a las definiciones previas de carácter científico que acabamos de compartir sobre estas virtudes, como podremos comprobar a continuación. Cuándo Moisés extiende su mano sobre el mar, consuma un gesto que hace romper las aguas, que es un elemento óptico natural, abriéndose de esta forma un camino hacia el otro extremo. Este gesto de extender, representa el mismo gesto que cuándo nuestra caridad se extiende, se purifica o se hace más grande, rompiendo de esta manera el velo o filtro de la razón, siendo esta la apertura de la razón humana a la transcendencia. El camino seco que salvó al pueblo de Israel oprimido por Egipto –prefiguración del pecado– durante tantos años, que se llegó a perfilar en la superficie del mar, es el puente o cruce (+), que en este caso representa a la misma virtud de la esperanza. Todo esto ha sido y es posible por la virtud de la caridad, que de muchas maneras hace variar la graduación de este filtro de la razón, para poder ver o comprender que ciertamente no sólo existía «un sólo camino», que viene a ser por lo común el camino de nuestro empeño, orgullo o soberbia, por querer caminar con «una razón» / «mi razón» / «mi verdad». Es ahora cuándo podemos comprender y apreciar mejor que, «muchos aún no han llegado a quitarle a la razón el precinto de servicio».                                                                     .   

Desde el punto de vista puramente científico, este velo al que nos referimos, este  filtro y estas  precisiones necesarias que nos permiten ver más allá de la simple razón, aunque más adelante incluso con la ayuda de la misma razón, viene a ser como ya hemos dicho la virtud teologal de la fe. Esta virtud, en esta ocasión la hemos adaptado o comparado con un filtro de naturaleza óptica, con el fin de poder comprender mejor esta virtud, desde su propia naturaleza científica, para permitirnos comprender ahora con menor dificultad que, la razón por sí sola, no puede vencer ciertos límites. Desde este momento podemos tener pleno convencimiento de que este filtro, será el que nos va a permitir vencer las limitaciones de la razón. Cierto es que para el hombre sin fe, todas las definiciones o aproximaciones que haya podido conocer al respecto con ánimo de comprender, es posible que le hayan complicado más su comprensión y, aunque de partida pudiésemos introducirnos en más detalles dentro de esta última adaptación, creo que lo importante al respecto, en esencia, queda aquí ya expuesto. Los hombres de fe, eran hasta el momento hombres que afirmaban «creer», pero una vez roto este «velo» para los hombres de ciencia, no es estrictamente necesario tener que «creer», sino más bien esforzarse en «comprender», lo que implicaría comprometerse a conocer y amar (+), pues todo aquel que quiera comprender, tendrá vida y vida en abundancia. Sólo aquel que tenga vida, podrá gozar de la verdad, porque la Verdad es la Vida. Para aquellos que no «puedan» comprender, me queda la esperanza por mi parte, junto con otros hermanos que podamos pedir en oración, para que con humildad puedan llegar a rasgar este velo o  filtro que no les permite divisar aún el otro lado del puente;  que como hemos dicho, representa la virtud de la esperanza.

            Creo que después de este punto de vista científico sobre las virtudes teologales, sería preciso concretar algunos detalles fundamentales que ciertamente priman en nuestro objetivo, en referencia a estas conclusiones previas que aluden a la razón y la fe. Debemos de tener plena consciencia de que por el propio desorden e ignorancia causados por el pecado, pero también por nuestros propios intereses, hablamos de la razón y de la fe como si fuesen también dos vías diferentes o independientes, aunque si seguimos partiendo de este gran error, pensando que la razón y la virtud de la fe son potencias diferentes dentro de la propia naturaleza humana, seguirá siendo complicado, –por no decir imposible– que entre la Ciencia y la Religión se establezca un protocolo real de comunicación y reconocimiento mutuo. De esta manera, la única opción aparentemente favorable es aquella que afirma que «tanto la razón como la fe se deben de complementar», pero esto es un grave error que nos confunde y no favorece a nuestro avance en común. En verdad la razón y la fe deben de ser ambas una vía o camino único, pues lo que nos confunde es la condición o estado de «este camino». Como decimos, la razón y la fe es un «camino único o continuo», pues cuándo no se establece esta continuidad entre la razón y la fe, sería como encontrar este «camino de la razón» cortado o limitado en un punto concreto del mismo, que representará un signo sensible en el hombre de confusión, frustración, desorientación, etc. Podríamos hacer esta misma comparación sirviéndonos una vez más  del prisma de Newton, que en esta ocasión representaría nuestra razón, para comprender que es propiamente la condición de este prisma (transparente-verdad, translúcido-mediocridad, opaco-tiniebla), más que unas «divisiones, compartimentos o elementos diferentes», entre la razón y la fe. Debemos de denunciar que nos hemos dejado llevar mucho más por la imaginación humana e incluso por nuestros propios intereses, que en este caso son aberraciones o desenfoques en este prisma, que falsean nuestra capacidad de estudio y contemplación. Por tanto, teniendo en cuenta la condición del prisma, podremos llegar a valorar si la razón es pura o ha llegado a trascender, es decir, si es pura o se ha dejado penetrar por la Luz, para su progreso o perfección. Este concepto de «razón pura», como hemos podido comprobar, no es el concepto literal o limitado que llega a definir Kant (1724–1804), sino que es un concepto que, más bien, armoniza en esta ocasión con una finalidad o necesidad vital, mucho más práctica y profunda de la que pudo llegar a postular este filósofo matemático, concretamente en su obra principal, conocida como «Crítica de la razón pura». Para evitar cualquier tipo de confusión al respecto, debemos de tener en cuenta que la pureza que debemos de procurar, sólo se puede integrar en todo nuestro ser por medio de la raíz, es decir, por medio de nuestro espíritu, para que de esta  manera podamos gozar de una mente y unos sentidos más puros. Al respecto podemos decir que en la historia, encontramos cientos de científicos católicos conocidos de la antigua escolástica, seglares y hombres cercanos a la actualidad, que dieron gran lumbrera a la historia de la humanidad con su ejercicio intelectual. Sería interesante centrarse en particular en un hombre, que aunque no llegó a ser católico fue un hombre muy creyente que respetó las leyes de Dios, llegando a ser tenido como uno de los científicos más grandes que ha dado la humanidad. Nos referimos al  británico Isaac Newton, el más prolífero científico de todos los tiempos, que no solo hizo docenas de aportes a la ciencia, pues fue conocido especialmente por enseñarnos las leyes de la gravedad. Cierto es que todo esto es conocido por cualquier estudiante, pero pocos saben, según cuenta la historia, que Isaac Newton fue un hombre que llegó a morir virgen, pues entre sus escritos pudimos llegar a conocer su gran amor y entrega por el estudio de la teología. En pleno auge de la era más hedonista y pansexual de toda la historia de la humanidad, todo esto podría resultar de gran impacto para muchas personas, pero debemos de saber que ya en la antigua Grecia, filósofos de la talla como Sócrates o Platón, comenzaron a practicar el celibato  ̶ para según ellos– poder tener mejor dedicación al conocimiento del hombre, del medio natural, etc., elevándose de esta manera a conocimientos superiores, como en este caso llegó a ser la teología o el conocimiento de Dios.

            Comprendemos mejor ahora que la razón y la fe están en el mismo prisma, que es un «objeto» único, por tanto el que goza de una razón que tiene una continuidad con la fe, tal como si fuese un conductor eléctrico, no experimenta ninguna incompatibilidad, ni se puede denunciar aquí tampoco ningún tipo de controversia. En este lado del puente hemos hablado mucho o demasiado sobre esta controversia, aunque se comprende más bien todo lo contrario cuándo la renovación de la mente y del espíritu termina haciéndose efectiva en nosotros, pues bajo esta condición, la verdadera controversia será cuándo entre la razón y la virtud de la fe no se establece esta continuidad. A grandes rasgos, podríamos decir además que, la finalidad de la fe y la razón sería devastar, mecanizar y pulir respectivamente, el «sentido» y «significado» profundo del espectro o de la amplitud de la realidad de nuestra existencia. Si entre la razón y la fe existe una continuidad, podremos compilar este espectro, para poder llegar a comprender el verdadero sentido y significado de la Vida. En verdad podemos decir que, el «significado» se quedaría inmaduro, sin su «sentido» o viceversa. Cuándo se da esta continuidad, entre nuestros sentidos, mente y espíritu, quedan en fase y tienden a su madurez. De esta manera se trasciende y supera este estado «sólido» o con tendencia materialista, para licuarse en primer lugar e irse evaporando gradualmente, siendo esta «tendencia de estados», una idea grafica que viene a representar el avance en nuestro conocimiento espiritual, que supera al conocimiento humano, por no tener precisamente limitaciones. Sólo deberíamos de hacer un pequeño ejercicio de discernimiento, por ejemplo, teniendo en cuenta nuestra libertad, pues no sería lo mismo ser un cubito de hielo, a poder llegar a ser una molécula de agua, que se dispersa libremente en la anchura de nuestra atmósfera.

Todos los argumentos que hemos ido planteado previamente, junto con estas aproximaciones que ciertamente gozan de una riqueza interdisciplinar entre la psicología y la espiritualidad cristiana, podrían ayudarnos a mejorar la calidad de nuestras vidas. Estas dos vertientes aparentemente tan diferentes para muchos, como hemos podido apreciar, son necesariamente continuas como deberíamos procurar que fuesen nuestro cuerpo-mente-espíritu, pues el hecho de parecer que existe una oposición o incompatibilidad, no es por causa de sus principios naturales, como hemos tratado de exponer en este documento, sino que más bien se debe a los propios «principios» del ser humano. Si aún nos cuesta comprender que esto es una realidad, podemos volver a encontrar la respuesta en la mezcla entre el agua y el aceite, representando en este caso cada elemento a la Ciencia y la Religión. Aceptemos todos que aquí ni sobra el aceite ni tampoco el agua, pues ambos son necesarios para la vida, aunque ahora si precisamos de una fuente de calor para que se rompa esta mezcla y la podamos diluir. Como ya podemos imaginar, esta fuente calorífica vendría a simbolizar el amor, que rompería las diferencias y atenuantes de la mezcla o de esta división, transformando estos elementos en un elemento único de mayor riqueza. Sólo la caridad posibilitará que estas dos disciplinas dejen de estar separadas, si estamos dispuestos a ofrecer este sacrificio, para el bien de la humanidad, intercediendo todos de esta manera por la unidad del hombre. Si debemos de tener en cuenta algo de vital importancia, pues ahora que sabemos que toda la Naturaleza e inclusive la nuestra, esta herida por el pecado original, si nos quedase algún tipo de litigio entre la razón y la virtud de la fe, gracias a Dios, venimos equipados con el último «equipo salvavidas», pues es la UNIDAD aquella que está por encima de nuestra razón e incluso por encima de la fe, en este supuesto caso de extrema duda. Por otro lado, aunque ya la unidad es cauce de alegría en el hombre, porque en esencia comprende en su madurez el sentido del servicio, pues tan importante es este último salvavidas, como a su vez la ALEGRÍA. En definitiva, lo que se quiere transmitir es, ¿Para qué te sirve tú razón y tú fe, si vives enemistado con casi todo el mundo y con gran amargura? El camino del servicio, es el único camino de la unidad, por tanto, quédate con tú razón e incluso con la fe que dices tener y déjame vivir con esta alegría, que me brota cuándo trato de mantener una amistad con los demás y, aunque ciertamente soy consciente de que todo esto no depende sólo de mí,  persevero y me mantengo de esta manera en la caridad, que es lo que hace sentirme vivo.

¿Acaso no sabe la ciencia que la Eucaristía es como el único inmunodepresor que se conoce, que hace posible que nuestro cuerpo, mente y espíritu no se rechacen entre ellos? Este rechazo en nuestra naturaleza humana, sólo puede resumirse en una palabra: «ruina». Tras esta afirmación, no tengo duda que después de todas las cuestiones que hemos ido abordando, viene a ser sin duda el corazón de este documento conciliar, pues si sabemos que una de las tragedias de una nación dividida por intereses diferentes la conocemos como guerra civil, ahora podemos y debemos de conocer mejor la guerra interior que tienen los hombres, cuándo no pueden o no saben conciliar el cuerpo y la mente con su espíritu. Esta es la razón nuclear de esta división entre la Ciencia y la Religión y demás disciplinas, reiterándome en la afirmación de que, esto no se debe a ninguna incompatibilidad entre las diferentes disciplinas del conocimiento, sino más bien a nuestro corazón fraccionado, que da lugar a una sociedad de intereses, pero cada vez con menos valores. Si nos seguimos acomodando más en la ignorancia o indiferencia, que son los ojos del ciego y de aquellos que pudiendo ver no lo desean, debemos de tomar consciencia de que seguiremos fragmentando o dividiendo más esta sociedad, lo que conllevaría tener que seguir recogiendo más cosechas de familias rotas, violencia social generalizada, guerras en los campos de batalla, entre todos los hombres en general, en el seno materno, etc., etc., etc. La división o fragmentación es como la corrosión, pues no necesita a penas por sí mismo ningún principio activo estimulante para destruir. Aunque por lo contrario, la unidad si precisa de una fuerza, un estímulo, una motivación, un hábito, una virtud, dones naturales, preternaturales, sobrenaturales, abnegación, renuncia, sacrificio, en definitiva, necesitamos de Dios, porque nuestra naturaleza esta inclinada al mal, es decir, a distanciarnos de Él. Estos seguirán siendo los resultados, si no trabajamos por estimular la madurez de nuestra sociedad, comprometiéndonos incluso cada uno de forma particular con una formación permanente. El daño mayor, sin duda, será para aquellos que sufren en su inmadurez, aunque no es necesario tener que decir que, los efectos sociales y globales vienen a ser muy graves y evidentes. Si «cada uno sigue con lo suyo», y no apreciamos el valor de esta intención conciliar entre la Ciencia y la Religión, debemos de asumir irremediablemente que en nuestra extrema decadencia moral que ya va rebosando el vaso, la caída de nuestra civilización, bien sea «por medio de nuestros propios golpes» o por una inevitable intervención Divina. Tal como lo cuenta la historia, tendremos que aceptar nuestra caída, para ser nosotros la siguiente ficha de este fatídico dominó, en el caso de no poner medios. Aún dándose en muy diferentes circunstancias este mismo efecto dominó que hizo caer otras antiguas civilizaciones, no dudemos que todas sucumbieron en la historia exactamente por las mismas razones. Todos tenemos la necesidad extrema de que nos administren este Inmunodepresor, que es la única Medicina que nos puede ayudar a la unificación y sintonía entre nuestro cuerpo, mente y espíritu, lo que nos permitiría sin mayores dificultades poder conocernos a nosotros mismos y a los demás en espíritu y vida, sin rechazos y en toda la integridad de nuestro ser.                             

Debemos preocuparnos todos en comprender o purificar al menos ciertos conceptos fundamentales como vienen a ser concretamente la Vida, el Amor, el Orden, la Libertad, para poder evitar esta caída por causa de nuestra torpeza, necedad e inutilidad, que son signos incuestionables de nuestro pecado; causante directo de nuestra inmadurez generalizada, que bien sabemos disimular los hombres con una amplia «enciclopedia práctica de eufemismos». Estos eufemismos, en verdad, son los mejores «analgésicos» que se administra esta sociedad, necesarios para aliviar y anestesiar las conciencias, tal como lo hemos hecho siempre en otras épocas. Por poner un ejemplo, decimos que el hambre en el mundo viene a ser un gran mal e incluso en ocasiones tenemos la gran osadía de mirar al cielo acusando a Dios con el dedo, en vez de ser humildes y decir que, lo malo es nuestro egoísmo, que es el que verdaderamente sigue matando a otros hombres en sus necesidades básicas.

Con nuestras limitaciones siempre presentes, debemos de tener muy en cuenta que entre el Axioma de la Vida, del Amor, del Orden, debemos de procurar que exista una perfecta sincronía con la Libertad, para que el hombre pueda conocer más de cerca la profundidad de la Verdad, ya que gracias a estos canales unidos, dimana nuestra amistad con Dios, por tanto, de esta amistad dimana el Saber Divino. La Verdad debe de estar siempre necesariamente en sincronía con la Libertad, porque de no ser así, no podríamos gustar personalmente de la Verdad ni tampoco de la Libertad. Es por ello que sabemos que la Verdad nunca debe de ser impuesta, pues será en este caso más bien el amor o el servicio, quien pueda hacer sembrar esta Buena Semilla, como herramienta pedagógica, en la incesante corrección fraternal, pero sobre todo, en el acompañamiento. A pesar de que la Vida y la Verdad vienen a mostrarnos una misma e idéntica realidad, tal como si fuesen las dos caras de una misma moneda, la Vida en contra de este planteamiento que acabamos de hacer a favor de la Verdad, si que la debemos de «imponer», más en esta sociedad que ha hecho de la muerte una macabra cultura, pues quien no defiende la Vida o le es indiferente, sin saberlo se está negando a sí mismo, pues aún siendo, deja de ser «no-ser», con todos los efectos nocivos que esto nos lleva a experimentar. Ruego y roguemos a Dios, para que se puedan aceptar estos remedios que se han propuesto, porque de lo contrario, todo cristiano con cierta madurez, debemos de dar la vida por la Vida, si es preciso, por aquellos que precisamente están cerrados a ella, porque la sangre de los cristianos siempre ha sido semilla de nuevos cristianos.

Sería vital que se diesen a conocer datos o referencias de otras civilizaciones caídas en la antigüedad. Por ejemplo, unos de los factores comunes evidentes de degradación extrema y radical de la civilización romana antes de la caída de este gran imperio, tan en la cúspide del poder, el placer y la gloria humana, en primer lugar, fue la confusión de las masas por confiarse en una seguridad fundamentada en la ignorancia, además del terrible fenómeno de los abortos en masa, que es otro signo claro y evidente de nuestro fracaso como hombres. Esta ignorancia fue la que hizo confundir su libertad con su gran debilidad humana y el ejemplo más claro, lo tenemos más presente en nuestra «sociedad» más que nunca en la historia, ya que ésta manifiesta abiertamente que la pornografía es un derecho de libre expresión, disfrazando de esta manera nuestra gran debilidad, que fomenta la destrucción de la vida, hasta el punto de haber degenerado la procreación a un simple «producto» indeseado, «pues al no existir la posibilidad de devolución», desgraciadamente la criatura termina en una trituradora, en la basura, en un váter, en una cañería fecal, etc., etc., etc. Debemos de tener muy presente que el hombre que se hace homicida, va dejando de ser hombre, es decir, que se aleja de lo que es, haciéndose cada vez más perverso. Para nuestro asombro, tienen la osadía de llegar a justificar neciamente, tal como se perpetra especialmente desde los poderes actuales que, «lo que hay en el vientre materno no es una criatura humana», pero ciertamente no son conscientes de su abominación, porque desgraciadamente dejaron tiempo atrás de ser hombres, perdiendo así sus facultades, por tanto, son «personas» incapaces de reconocer la evidencia, pues no tienen juicio apto para esta valoración, aunque si los tienen para sus propios  intereses, que es lo que les impide gozar de una mente sana. Para el espíritu de necedad, el razonamiento es una imposición y la parresia que tanto escasea, una radicalidad, pero una «radicalidad» que debemos de mendigar a Dios, porque todo aquel que tenga deseo de hacer algo por esta sociedad tan perdida, tendrá la gran necesidad de este don de libertad interior que sólo puede dar Cristo, para poder llegar a ejercer una verdadera vocación paternal en ella.  

La renovación de la mente y del espíritu es posible y muy necesaria, pues tan sólo necesitamos centrarnos, para que nuestro conocimiento este siempre ordenado al Amor. «En verdad, en verdad os digo que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto» (Jn. 12, 24). Este versículo nos habla de la necesidad vital o necesidad existencial de la renovación que necesita hoy más que nunca, nuestra mente y espíritu. Todo grano que acepta caer en tierra, rebelándose ante la realidad de tener que permanecer en un «silo», de forma permanente o de esconderse en el interior de un «saco» que comienza a enmohecerse, debemos de decir que ha sabido discernir los primeros pasos para su renovación. Este grano teniendo voluntad propia, ha preferido mejor tomar contacto con el medio y aceptar la tierra, el barro, el polvo, para terminar reconociendo de esta manera su origen. Cuándo acepta finalmente el contacto con la tierra, el grano comprende su semejanza con ella, se hace humilde y termina aceptando lo que es; desde este momento se reconoce, para poder desarrollarse, comenzar a crecer, madurar, etc. Es aquí dónde muere el grano, pero para abrirse a la nueva Vida de gracia, rompiendo nuestros límites. Debemos de concienciarnos y comprender la urgente necesidad que tenemos de caer en tierra, para reconocer lo que somos, porque esta humildad es la que nos dará la Vida y sólo en esta Vida nueva comprenderemos la Verdad, es decir, que podremos llegar a admitir y aceptar sin dificultades en este último paso, que Cristo es «el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn. 14, 6), que ciertamente viene a ser para nosotros también nuestra «Esperanza, Fe y Caridad».

De esta manera comprendemos mejor que, así como el árbol transforma algo «malo» para purificar o regenerar la atmósfera, la muerte que se acepta, se transforma en una vida en abundancia, plena en amor, por tanto, plenos en la madurez de nuestro ser, que nos capacita a mirar sin miedo al horizonte, negándonos a vivir más con los sentidos cerrados. La ignorancia que aceptamos de igual manera, se transforma en una sabiduría velada para el mundo, bajo multitud de «apariencias».  Finalmente el sufrimiento adquiere un gran sentido y significado, porque al ser también aceptado y ofrecido a Dios, este sacrificio, se convierte en una liturgia de las horas muy íntima y personal, entre Dios y nosotros  ̶ como sacerdotes– ofreciéndonos en el altar de nuestro corazón. De esta forma nuestro sufrimiento se va disipando, como el calor sobrante que se desprende de un radiador, para transformarse en una respuesta que da sentido a nuestra circunstancia de dolor, dificultad, enfermedad, etc., dando lugar así a la purificación que necesita en este caso nuestra «atmosfera interior», para enriquecer o purificar nuestros sentidos, dones y virtudes. Sólo de esta manera seremos capaces de poder amar mejor; estímulo que nos pondrá en camino de búsqueda para acercarnos más Dios, tal como si se diese entre el conocimiento y el amor una atracción magnética, que como ya avanzamos también es un infalible repelente de la ignorancia, para que con esta liberación nos elevemos y podamos amar con menos limitaciones, introduciéndonos de esta manera mejor en el Misterio del Ser de Dios «Conocimiento-Amor» (+) … [∞]. Como podemos observar, es casi inevitable servirse de la terminología eléctrica o más propiamente de aquella terminología que concierne al campo de estudio del electromagnetismo, para poder introducirnos en otra interesante analogía semejante a la del árbol, que de nuevo se escapa a la sensibilidad de nuestros sentidos. Aunque ciertamente estas adaptaciones interdisciplinares darían mucho más de sí, para seguir profundizando en el conocimiento de Dios e incluso en la misma metafísica o filosofía primera, que es aquella que estudia las primeras causas y orígenes, será el don de Ciencia el que nos permitirá penetrar y comprender multitud de detalles de la creación, que podrán seguir ayudándonos a introducirnos en el conocimiento de Dios. En efecto, lo que podemos observar en referencia a esta última apreciación del Binomio Principal entre el Conocimiento y el Amor (+), como «elemento magnético», podemos deducir que entre medias de este Campo Magnético, nos encontramos las personas, pues por la simple razón de que un  65 % - 75 % de nuestro peso corporal viene a ser agua, físicamente en esta ocasión como podemos comprobar por esta condición, también representamos un conductor eléctrico de forma real. Sabemos que el movimiento de un campo magnético alrededor de un conductor, es un principio para producir electricidad o viceversa, es decir, que en nuestra búsqueda de Dios, en esta acción o en este movimiento, siendo nosotros conductores eléctricos, por la propia inducción del Campo Magnético, se generará en nosotros una corriente. Ahora es cuándo nosotros nos debemos de preocupar en transformar este potencial en luz, pero no para un beneficio propio o personal, sino para que a su vez podamos transmitir esta luz a otros que no gozan de este Bien, aún sabiendo que muchos de los que viven desgraciadamente en plena oscuridad, les pueda ocasionar molestia e incluso violencia. Todo obstáculo que impida esta transmisión de corriente, serán como aislantes o impurezas, que en este caso estarían representando muchos tipos de intereses humanos. Estos aislantes e impurezas en el conductor, en un principio necesitan purificación, tal como lo necesitan los tendidos eléctricos a la intemperie por esta misma causa, ya que estos impedimentos son resistencias que disminuyen la potencia, lo que supondrán en este caso importantes pérdidas ( * ) . Será entonces nuestra cruz aceptada y ofrecida la primera solución para nosotros, para procurar mantenernos «desnudos, limpios y descalzos» para poder volver de esta manera a la Vida cada día, que en definitiva sería como renovarnos siempre en el Amor, restaurándose de esta manera la integridad de nuestro ser.

¿Nos imaginamos ahora como sería el árbol sin el «mal», es decir, sin su monóxido de carbono (Co2)? Ese «mal» nosotros lo relacionamos directamente con nuestro sufrimiento, que se identifica con un sacrificio cuándo se acepta y se ofrece. De igual manera que el árbol no puede vivir y crecer sin su «mal», nosotros tampoco podríamos vivir en esta vida sin el sufrimiento. El que se rebela contra esta medicina que en muchas ocasiones llegamos a conocer su amargo sabor, ni podrá crecer, ni madurar, por tanto, tampoco podrá comprender, defenderse en la vida, superar  dificultades, aceptar la vida tal cuál es para vivirla con alegría, etc., etc., etc. El sufrimiento es como nuestro cordón umbilical que nos vincula a esta vida y es absolutamente necesario, para seguir creciendo como lo hace el árbol. Es como el cordón que une la cápsula con el astronauta, que evita que estos puedan quedar desamparados a la deriva del espacio exterior. Es el despertador de nuestro «no-ser» y, aunque pueda sorprender a muchos, una persona viene a estar más despierta a la vida cuando sufre  ̶ siempre que lo acepte y lo ofrezca– que aquel que duerme en lo cotidiano de su vida. Si nos mantenemos despiertos, maduramos, de lo contrario no seremos nunca conscientes de nuestra verdadera «edad». Quién pueda llegar a adquirir un grado de madurez aceptable, podrá llegar a la conclusión que, cuándo se tiene en cuenta al sufrimiento como una medicina, es decir, que para todos aquellos que lo lleguen a aceptar, será como miel, aunque para aquellos que ponen impedimentos para su madurez, su cruz será entonces para ellos como hiel. Nuestra cruz desde este momento se debe de comprender como un regalo, que es en definitiva otro gesto de la Misericordia Infinita de Dios hacia nosotros los hombres, pues sabemos que los designios de Dios en muchas ocasiones – pero sobre todo mucho más desde nuestra inmadurez ̶  son bastante incomprensibles para el hombre, como ya nos lo adelanta la misma Escritura, «mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos» (Is. 55, 8). Esto resulta ser otra razón nuclear, por la que se precisa urgentemente una renovación de nuestra mente y espíritu.

No deberíamos de ignorar a estas alturas que, el sufrimiento trae sus buenos frutos como nos lo adelanta la Escritura «Al ir, iba llorando, llevando la semilla; al volver, vuelve cantando, trayendo sus gavillas» (Sal. 125, 6). Y es que Dios, en su Infinita Sabiduría sabe cuándo tiene que podar, «Al que da fruto lo poda para que dé más todavía» (Jn. 15, 4), pues con certeza sabemos que todas las plantas y árboles, cuándo son podados experimentan un cierto grado de stress. Este sufrimiento supondrá en nosotros un crecimiento, porque se nos quita lo que nos sobra. Dependiendo de la aceptación de nuestra cruz, el sufrimiento podrá estimular o frenar el avance en nuestro conocimiento de la verdad, que nuestras debilidades, deleites y tentaciones de este mundo se oponen de muchas maneras. Ocurre algo semejante con nuestra sexualidad, que en este caso nos estimula a la procreación. Podemos y debemos de discernir que bajo los efectos del sufrimiento, también se ha escrito buena poesía, compuesto buena música, ha ayudado a inspirar gran parte del arte, se han desarrollado excelentes tratados de filosofía y como no, también de teología. Con seguridad podrían decir al respecto muchos expertos que más bien, gracias a nuestra cruz, se ha podido hacer incluso la mejor poesía, música, arte, filosofía, teología, por citar lo más destacado que aflora del interior de las personas. Efectivamente, el sufrimiento humano a lo largo de la historia, ha sido la uva que cada generación hemos ido pisando, para que el hombre de muchas maneras, haya podido crecer, progresar o madurar en todos los aspectos humanos. Cierto es que, el esfuerzo de pisar la uva parece no terminar de agradar a muchos, pero nadie se queja después cuándo se bebe el vino o cuándo se invita a otros a beberlo, pues no podremos llegar a valorar el don de la vid, si no hemos aprendido primero en esta vida a pisarlo con gusto; expresión que refleja la gran necesidad de comprender y discernir todo lo que podamos hacer en cada momento de nuestras vidas.

Para irnos despidiendo, es preciso que tratemos de pedir en primer lugar la intercesión de la Stma. Virgen, para que éste documento conciliar pueda dar su fruto. Lo pedimos de igual manera a toda la Iglesia Triunfante, Purgante y Militante, junto a todos los Coros Angélicos. Ahora es justo y necesario dar en primer lugar las gracias a Ntro. Señor Jesucristo, Sacerdote Eterno, verdadero Médico del hombre enfermo, necesitado de su Amor y Misericordia. Damos gracias también al Árbol glorioso de la Santa Cruz, que nos ha dado un ejemplo de nobleza y obediencia admirable y sin apenas haber sido conscientes de los méritos que goza por éste toda su especie, habiéndose dejado incluso dar la forma que nuestro Creador necesitaba en su lecho de muerte por nuestra causa. Ha sido el Árbol que ha iluminado el Camino del hombre, pero dando un mayor sentido y significado a la realidad del pecado y a su vez a la vida en plenitud, por medio de la gracia divina que recibimos del mismo Sacrificio de Cristo. Gracias a la preciosa Sangre de Cristo derramada por nosotros, «todo ahora puede ordenarse para el Bien», si nosotros estamos dispuestos a colaborar o participar con la parte que nos corresponde, completando de esta manera nuestra redención, tal como nos lo exhorta San Pablo, «Completo lo que en mi carne falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su cuerpo, que es la Iglesia» (Col. 1,24). Subrayemos en este versículo el «por vosotros» y «en favor vuestro»: Pablo tiene conciencia de que sus sufrimientos tienen valor redentor; de que Cristo, viviendo en él (Gal. 2, 20), prolonga en él y a través de él su sufrimiento redentor. De ese modo, mediante su sufrimiento apostólico – padecido por amor – el Apóstol hace presente en el tiempo y en el espacio la Santa Cruz de Cristo, la única que salva (+). En este sentido «completamos» en nosotros mismos el sufrimiento de Cristo.

La gracia de Dios irá transformando nuestro sufrimiento, nuestra cruz (+), en algo verdaderamente útil y necesario para nuestra vida, que sería la única vía para poder alcanzar la plenitud de nuestra madurez, que nos permitirá a su vez comprender mejor la Voluntad de Dios, porque en verdad esta madurez a la que nos referimos, es como llegar a ser un reflejo o un matiz directo de Dios en los demás, ejerciendo de esta manera al amparo de los Sacramentos, en espíritu y en verdad la vocación sacerdotal, profética y regia. No hay caminos sin cruces, ni gloria sin cruz. Evitaremos muchos males y sufrimientos estériles y aprenderemos a no confundir los medios con los fines, es decir, que no haremos de las personas un «medio» para convertirlas en un objeto de uso, evitando de esta manera que las cosas materiales lleguen a ocupar el lugar que sólo nos corresponde a nosotros. Nos ayudaría mucho aceptar nuestra cruz el hecho de que fuésemos conscientes de que, el sufrimiento no es verdaderamente un mal, debiendo de dar de lado cualquier concepción pueril del hombre que pueda llegar a hacer comprender o concebir el sufrimiento de esta manera. El hombre que aprende el valor del padecimiento que cada día nos trae, no sólo llegará a saber valorar mejor lo que tiene, pues también llegará a valorar mejor su persona  ̶ lo que uno es – pues el padecimiento no es piedra de tropiezo para poder vivir dichoso, sino que más bien, es el camino para poder encontrarse con el gozo.

¿Una bomba explosiva es buena o es mala? Efectivamente, una bomba es simplemente lo que es. Que su finalidad pueda ser más o menos buena, sólo dependerá del estado o de las condiciones de nuestra raíz. Podremos examinar o discernir nuestra raíz o el estado de nuestro espíritu, en la medida que comprendamos y aceptemos las siguientes cuestiones. ¿La ignorancia es buena o es mala? Pues dependiendo del orgullo de cada persona, lo podrá llegar a ser más o menos, pues cierto es que la ignorancia es un arma muy peligrosa, pero cuándo no tiene esta munición, lo es mucho menos. Entonces, ¿La enfermedad, el sufrimiento es bueno o malo? Pues también dependerá del interior del hombre, ya que dependiendo del estado de nuestra conciencia y consciencia, unos ciertamente lo comprenderán como un tizón que les quema y para otros será como una fuente de bendición que cauterizará sus heridas, que sanará y que nos limpiará por dentro. Y por último, ¿La muerte es buena o es mala? Pues dependerá en este caso de lo que uno se esfuerce en prepararse para este momento, mortificándose o desprendiéndose de muchas cosas de esta vida, que en un principio supone un esfuerzo para todos, pero que después va a compensar por nuestra gran alegría. Podemos concluir afirmando entonces que, para el hombre que reconoce o no su ignorancia, es necesario que al menos se mantenga preferiblemente en la humildad y en la sencillez de vida. Para el que sufre, esforzarse o hacer un sacrificio para dejarse purificar con ese calor, con el fin de ir venciendo su ignorancia. Y para el que teme la muerte, que termina siendo el genérico de todos nuestros temores, sólo debe amar fuerte, porque este último tramo viene a ser el puente (+) por dónde cruzamos de la vida a la Vida, que sólo podremos hacer en compañía del Amor, cruzando (+) nuestras manos con Él. Como síntesis podemos decir al respecto que, todo aquel que ha superado el temor a la muerte, es porque ha vencido su ignorancia y si ha vencido su ignorancia será una prueba evidente de que el hombre ha llegado a aprender el valor del esfuerzo y sacrificio en su vida, que en definitiva es comprender el sentido y significado del sufrimiento, para que éste nunca se experimente en vano, que será el requisito esencial que nos ayudará a madurar, para poder estar de esta manera mucho más cerca de Dios.   

¿Algunos síntomas evidentes, que nos sirvan para saber discernir mejor si gozamos de una verdadera madurez? En primer lugar, tener deseos ardientes de unidad entre los hombres, que aunque para muchos esto les pueda parecer una utopía, en verdad para Dios viene a ser un deseo, nuestro mayor bien, ¿Qué nos lo impide pues? En segundo lugar, sentirse lleno de vida, tan lleno que uno tiene la inmensa necesidad de compartirla, transmitirla e incluso darla o entregarla si fuese preciso.

Ahora es cuándo muchos de nosotros hemos llegado a comprender –para poder llegar a amar mejor– que el Verbo de Dios vino para sembrar su Semilla Fecunda, dejándonos de esta manera su mensaje de Amor escrito con Sangre y Agua en la Historia de la Salvación. Este es el Don Perfecto e Infinito que el hombre ha recibido gratuitamente de la Economía Trinitaria, que viene a ser el Árbol plantado en lo Alto del Camino, que nos alimenta con el Fruto de la Verdad, del cual todos recibimos la Vida.

«Es verdad que anunciamos una sabiduría entre aquellos que son personas espiritualmente maduras, pero no la sabiduría de este mundo ni la que ostentan los dominadores de este mundo, condenados a la destrucción. Lo que anunciamos es una sabiduría de Dios, misteriosa y secreta, que él preparó para nuestra gloria antes que existiera el mundo; aquella que ninguno de los dominadores de este mundo alcanzó a conocer, porque si la hubieran conocido no habrían crucificado al Señor de la gloria» (1 Co. 2, 6-8).

 

 

 

 

 

 

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Pensamientos y reflexiones personales

 

 

 

 

 

 

 

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La Ciencia de Dios
Don del Espíritu Santo

 


¡Guías ciegos, que coláis el mosquito y os tragáis el camello! (Mt. 23, 24)

Muchos buscan vida en otros lugares, pero no
terminan de ser conscientes de que el Universo en
su debido grado, también viene a ser otro ser vivo

 


Ellos también buscaron un Patrón Único, una pauta en el Universo que pudiese llegar a explicarlo todo

 

El cífrado más antiguo y a su vez
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El caos no es un caos, es un orden que hasta ahora no comprendíamos
 

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Llega ya el día y la hora en el que el «monstruo» materia estallará con sus armas y se derrumbará ante la exacta verdad. ¡Cristo! - Ante su Santa «Cruz Orlada» y ante el bendecido amor. –Llega la hora del Sol!-

 


Nueva Generación de Adoradores Proféticos

hacia la plena manifestación de los hijos de Dios

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